miércoles, 17 de abril de 2013

1. -Capítulo 3-


La mente me empieza a clarear. Me vienen a la cabeza los hechos de anoche. O tal vez haya pasado hace un rato, o hace un mes. No tengo ni idea.
Me duele la cabeza. Ése es mi segundo pensamiento lúcido, si es que se pudiera llamar lúcido al primero. Intento alzar las manos, pero no puedo. Me las han atado a la espalda.
Alzo la cabeza y miro a mi alrededor. Estoy en una habitación con las paredes de hormigón desnudo. No hay ventanas, ni muebles. A excepción de un par de sillas colocadas enfrente de la que ocupo yo. Y en la pared de enfrente una puerta de metal con una ventanilla rectangular en la parte superior. Tal vez yo llegara a mirar por ella si me pusiera de puntillas.

Oigo mi respiración increíblemente alta, aunque tal vez sea el contraste con el silencio total. O casi. Oigo unas voces débiles al otro lado de la puerta. Me echo todo lo que puedo hacia delante en la silla y agudizo el oído. Son voces masculinas, de eso no hay duda, pero no logro entender lo que dicen. Junto a las voces comienzo a oír pasos. Se están acercando.

Cuando llegan a la puerta de la celda (no tengo duda de que es una celda) ambos se paran. A través de la ventanilla distingo una cabeza morena y una rubia.

-¿... que es ella?- pregunta uno de ellos. El moreno, por el movimiento que distingo por la ventanita.
-Seguro -contesta el rubio-.
-Como te hayas confundido...
-Me indigna que pienses que soy tan inútil.
Y entran en la celda.

Apoyo rápidamente la espalda en el respaldo de la silla y finjo indiferencia. Observo a los dos hombres que acaban de entrar. Ninguno de ellos debe de tener más de veintitrés o veinticuatro años. El rubio sin duda es el que se quedó mirando a mi ventana desde la calle y el que me atacó, en cuanto le miro lo noto. El moreno es algo más bajo y está más delgado que el otro. O al menos no tiene su forma física.
El rubio tiene la vista fija en mí. Le devuelvo la vista, negándome a bajarla. Pone una sonrisa mitad arrogante mitad irónica y camina hacia el interior de la habitación. El moreno, que está mirando un ordenador portátil que lleva en las manos, empieza a andar hacia el centro de la habitación, igual que su compañero.

Estoy temblando ligeramente, debido al frío que hace aquí dentro. Intento ocultarlo, porque no quiero que piensen que tengo miedo. Aunque lo tengo.

El rubio alcanza la silla de la derecha, le da la vuelta rápidamente y se sienta de frente a mí, con las piernas a los lados de ésta y coloca los brazos sobre el respaldo. El moreno se sienta en la otra y se coloca el ordenador sobre las rodillas.
Una sonrisa está a punto de asomarse a mi cara cuando veo que el rubio aún tiene la marca de mi mordisco en la mano.

-Vale. Estoy completamente seguro de que eres quien sé que eres. Pero -hace un gesto con la cabeza al otro chico-, ''lo correcto'' -acompaña estas palabras haciendo comillas con los dedos- es asegurarse. Te lo empezaré preguntando por las buenas -apoya la cabeza en el respaldo de la silla, sobre sus brazos-. ¿Cómo te llamas?

Me quedo mirándole unos segundos. No puedo decirle la verdad. Me da la impresión de que si lo hago cometeré un fallo muy grave.

-Caroline -contesto en voz baja.

El moreno me mira, con la luz de la pantalla del ordenador reflejándose en sus ojos. El rubio alza una ceja.

-¿Caroline qué más?
-Evans.

El rubio se alza sobre la silla y mira al moreno.

-Búscala.

El moreno empieza a teclear y tras unos segundos, mira al rubio. Sacude la cabeza. El rubio sonríe de una forma que hace que se me ponga la piel de gallina.

-Muy bien. Segunda oportunidad. ¿Cómo te llamas?

Respiro un par de veces. Sin darme cuenta he bajado un poco la cabeza. Este tío me intimida más de lo que me gustaría.

-Claire. Claire Collins.

El rubio vuelve a mirar al moreno y éste repite el proceso anterior. Cuando sacude la cabeza, el rubio sonríe así de nuevo y se pone de pie. Sin verlo venir, me cruza la cara de una bofetada. Aunque, a parte de que está claro, noto que se ha contenido bastante.

Se sienta lateralmente en la silla, con ambas piernas a un lado de ésta y se gira hacia mí, para poder mirarme. Después del dolor y picor inicial, me empieza a arder la mejilla. Tengo la mirada clavada en mi regazo, no puedo alzar la cabeza. Empiezo a sentir una rabia sinsentido. Aunque no le vea la cara, sé que está esperando a que le diga un nombre. Oigo como se mueve un poco en la silla y me estremezco un poco.

-Marie Chase.

Alzo un poco la vista para volver a ver lo mismo de nuevo. Otra negación del moreno y el rubio se vuelve a levantar. Me obligo a mirarle a la cara. Tiene esa sonrisa de psicópata que haría que a cualquiera se le pusieran los pelos de punta. Me vuelve a pegar un guantazo en la otra mejilla, bastante más fuerte que el anterior y no puedo evitar soltar una exclamación de dolor.

Debo de tener la cara roja como un tomate. Y duele. Y arde. Ya no puedo disimular mi respiración agitada. El rubio se vuelve a sentar y se cruza de brazos. Le miro, ya no sonríe, y parece más normal.

-Podemos estar así el tiempo que te apetezca. Yo no tengo prisa.

Respiro profundamente. Pasa un rato y bastantes nombres. Clarissa Miller. Jessica Wheller. Monica Machter. Kate Phoenix. Sarah Way.

Toso. Me duele el pecho y el estómago. Me sangra el labio y no quiero imaginar el aspecto que debe tener mi cara. El rubio está en su posición inicial. Le miro y casi exclamo por la sorpresa. Le ha cambiado completamente la cara. Si alguien le mirara, podría decir que hasta es una buena persona. Le miro fijamente. Me paso la lengua por los labios y noto el sabor metálico de la sangre. Mantengo la mirada en sus ojos.

-Alice Halonn.

El rubio mira al otro chico, que vuelve a teclear. Ahora, en vez de negar, asiente. El rubio se relaja un poco en su silla. No había notado lo tenso que estaba. Sonríe, aunque no con la sonrisa psicópata. A saber cuántas caras y personalidades tendrá este tío para engañar a la gente.

-¿Ves? No ha sido tan difícil -se levanta y se acerca a mí. Me coge la barbilla casi con delicadeza y me levanta el rostro-. Podríamos habernos ahorrado bastantes problemas.

<<Sí, sobre todo tú>>, estoy a punto de decirle, pero me contengo.

Se vuelve hacia el moreno y le debe de hacer alguna señal, porque coloca el portátil sobre el suelo y se levanta. El rubio saca algo que tiene en el bolsillo. Un botecito pequeño de cristal, parece. El moreno saca una cajita que no había visto y la abre, de ella saca una jeringuilla. Trasladan el líquido transparente del botecillo a la jeringuilla. El moreno se la pasa al rubio y me sujeta la cabeza agarrándome de la barbilla de tal forma que se me quede el cuello estirado. El rubio me aparta el pelo del cuello y me clava la jeringuilla.

Noto el pinchazo y cómo el contenido de la jeringuilla se va vaciando en mi vena. Todo se empieza a nublar. Lo único que veo es una blancura total antes de quedarme inconsciente.

Antes de abrir los ojos suelto un suspiro. Estoy empezando a cansarme de que me dejen sin sentido así, sin preguntar, ni avisar ni nada. Abro los ojos para encontrarme con una vista ya familiar. Mi celda vista desde mi silla. Intento mover los brazos y me sorprendo al ver que puedo. No me han atado. Vaya, que considerados. ¿Habrán acabado ya de sacarme información a golpes? Me levanto y me llevo una sorpresa al ver que mis piernas aguantan mi peso. Sigo un poco dolorida por los golpes que me dio el rubio, pero en general no me encuentro mal. Me acerco a la puerta de metal, no sin darme cuenta de que no llevo mi abrigo ni la sudadera que llevaba al salir de la casa de Alex.

Me centro en lo importante: la puerta. Me acerco e intento abrirla. No lo consigo. No tenía muchas esperanzas en ello, no se habrían molestado tanto por mí para luego dejarme sola en una celda abierta. Me pongo de puntillas y me asomo por la ventanita. Sólo veo un pasillo blanco que sigue recto. Y más puertas en los laterales. ¿Más celdas? Miro a los laterales de mi puerta y veo que no hay nadie. Que raro. Esperaba que tal vez hubiera alguien montando guardia o algo.

-Puedes quedarte ahí todo lo que quieras, de momento no vas a salir.

Pego un bote al oír la voz. Es la del rubio pero, ¿donde está? Miro por la ventanilla y de repente veo el dorso de una mano frente a mí. Casi pego un grito. La mano desaparece y noto un pequeño golpe contra la puerta, como si alguien se apoyase en ella. Entonces comprendo, está sentado en el suelo. Al ver que ahí no puedo hacer nada, y reacia a quedarme tan cerca de un tío que se pasó un buen rato usándome de saco de boxeo, me vuelvo a mi silla. Las otras dos siguen aquí, así que coloco las tres de forma que pueda sentarme con las piernas extendidas.

Llevo un rato mirando la puerta y el rubio sigue ahí. No le he visto marcharse por la ventanilla. Oigo que empieza a hablar. ¿Hay alguien más ahí y yo no le he visto o este tío está tan loco como creo? Otra voz le responde, así que hay alguien más ahí. Otro chico, aunque no es el moreno. Bajo un poco la cabeza, para que el pelo me cubra un poco la cara, por si se le ocurre asomarse que crea que estoy dormida y agudizo el oído.

-Entonces es ella. Comprobado -dice el chico que acompaña al rubio.
-Comprobadísimo. Me costó lo mío sacarle el nombre, estaba empecinada en no decirlo, pero al final conseguí sacárselo -dice esto con un tono orgulloso y arrogante que me da ganas de pegarle una patada a la puerta.
-¿Y después...?
-Sí, después le pusimos la anestesia y la llevamos a la camilla. La abrimos y ya no había duda -oigo como se mueve y, por la expresión sorprendido de su compañero, creo que le ha enseñado algo.
-Entonces, ¿es...? Sí, está claro -un suspiro medio resoplido-. ¿Y, cuándo...?

Y no sigue. Sospecho que tal vez el rubio le ha cortado antes de que hablara demasiado. Como no siguen hablando, dejo de prestarles tanta atención. Pienso en todo lo que acabo de escuchar. No entiendo nada, ¿ha dicho... abrir? ¿Me han operado? ¿Y no me duele nada? Y menos aún entiendo para qué debían operarme. Y mucho menos tengo idea alguna de qué hago aquí, por qué me tienen presa y, lo más importante, qué va a pasar conmigo.

Vuelvo a oír la voz del otro tío, aunque mucho más baja. Con cuidado de no hacer ni un ruido, me acerco y me pongo justo detrás de la puerta. Pego la oreja a ella y presto atención.
-... teniendo mis dudas.
-¿Qué dudas te pueden quedar? -susurra el rubio, se nota que está exasperado-. Comprobamos el nombre. Le abrimos el cuello y sacamos el chip. ¿Y sigues diciendo que te quedan dudas?

Siguen hablando, pero no me entero de nada más. Lentamente, con miedo, me llevo la mano a la nuca, justo detrás de la oreja. Paso la yema de los dedos por un bulto que antes no estaba. Sí, sin duda es una operación. Por lo menos los puntos que mantienen cerrada la herida parecen fiables. Y, ha dicho... ¿chip? ¿Es posible que tuviera un chip alojado en el cerebro? ¿Y cuándo me lo habían colocado? ¿Y por qué yo no lo sabía? Tantas preguntas sin respuesta me ponen nerviosa. El rubio vuelve a hablar, igual de bajo que hace un momento.

-Ahora... Sólo tenemos que esperar a que llegue... -se detiene, tal vez imaginando que puede que yo esté escuchando- Y hacerla colaborar.

Oigo como el otro chico empieza a replicar pero no acaba, seguramente acallado por el rubio. ¿Hacerme colaborar? ¿Qué narices van a intentar que haga? Y, esperar a que llegue... ¿quién?
Frunciendo el ceño vuelvo a las sillas y me vuelvo a sentar tal y como estaba. Me cruzo de brazos y, milagrosamente, logro quedarme dormida.

Me despierto unos segundos después. O esa es mi impresión. Antes de que pueda mover ni un músculo, empiezo a oír sonidos extraños. Y más acostumbrada al silencio de este sitio. Se oye mucho movimiento, aunque lejano. Muchos pasos, como si muchas personas estuvieran corriendo por todas partes. Y... ¿disparos?

Intento levantarme y asomarme a la ventanita, pero en cuanto me pongo en pie el suelo se mueve de golpe y vuelvo a caer sobre la silla. Todo se mueve, las paredes, el suelo, la puerta... No logro aclarar qué es esto, ni por qué me pasa. No parece una alucinación, lo que siento es más parecido a la vez que Hayley, Alex y yo cogimos media botella de vodka que tenían los padres de él en su casa. El recuerdo me absorbe unos instantes. Me da la impresión de que fue hace un siglo, auqnue en realidad no ha debido de pasar ni un año.

Empiezo a oír ruido más cerca. Cada vez suena más fuerte. Pasos rápidos, algunas voces y, sin duda, disparos. La puerta de la celda se abre de golpe y me asusto. Por ella puedo ver a un grupo de personas, aunque todo se mueve tanto que no soy capaz de analizar la situación. Hay un par de figuras en pie en el pasillo y unas tres o cuatro en el suelo. Y una última figura justo delante de mi puerta, de espaldas. Suenan un par de disparos más y las dos personas del final del pasillo caen al suelo. La figura se da la vuelta y entra corriendo en mi celda.

A pesar de que todo sigue tambaleándose consigo distinguir un poco a la persona que tengo delante. Es un chico, me parece que no tiene más de dieciocho o diecinueve años. Lo veo todo borroso, incluido su rostro. Por como se mueve veo que está nervioso. Murmura sin parar, pero no logro distinguir lo que dice. Lo oigo todo como si estuviera escuchando la radio y las interferencias no dejaran oír nada. Mi vista va alternando entre clara y borrosa.
El chico parece un poco... sorprendido. O como si no supiera qué hacer. Me sujeta la barbilla con algo de torpeza, o eso me parece y me mira fijamente, como si me estuviera analizando. Frunce el ceño.

-No... -antes de que diga nada más vuelve la cabeza de golpe. Empieza a moverse con más urgencia.- Mierda-. Vuelve la cabeza de nuevo. Cada vez está más nervioso-. ¿Crees que puedes correr?

Intento asentir, pero no lo consigo. Es como si la orden no llegara a su destino.

-Mierda -repite-. Voy a tener que cargar contigo-. Se da la vuelta y me carga sobre su espalda-. Tendrás que agarrarte fuerte porque voy a necesitar las dos manos.

Y echa a correr. Intento no caerme y esto me despeja un poco la mente. Al menos la vista ya no se me emborrona y oigo más claramente. Aunque sólo distingo disparos y pasos por todas partes.
Giramos una esquina y, de repente, como si hubiera salido de la nada, veo una puerta de salida justo enfrente de nosotros. Apenas puedo creerlo. El chico la abre de una patada y nos encontramos en la calle. Noto el aire frío en la cara y los brazos.

Cuando nos hemos alejado un poco de ese lugar, el chico me deja en el suelo y se apoya en una pared. Me quedo mirándolo. Aún noto el cerebro bastante embotado. Lo suficiente como para no poder pensar con toda la claridad que me gustaría.
Ahora que le puedo ver bajo la luz del día, veo que tiene sangre en la ropa, aunque no parece suya. Al menos no toda. Veo que se sujeta el brazo izquierdo con su mano derecha. Ha debido de recibir un disparo.

Se vuelve hacia mí.

-Vaya, pensaba que ni siquiera ibas a poder mantenerte en pie.

Me encojo de hombros y sonrío un poco.

-Yo también- noto mi voz un poco pastosa.

Frunce un poco el ceño y fija la vista en el suelo. Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que yo lo rompo.

-¿Qué...? -él vuelve la cabeza hacia mí y me callo. Sacudo la cabeza.
-En seguida nos iremos de aquí, tenemos que esperar un poco. Yo te aconsejaría que no intentaras echar a correr, a no ser que quieras volver a esa celda.

Me habla con un tono de condescendencia que me hace fruncir el ceño. Se creerá que tengo seis años. Frunzo el ceño.

-Eso ya lo había pensado.

Me mira y después vuelve a desviar la mirada, como si ni siquiera se tomara la molestia de prestarme atención. No sé por qué, eso me enfada. Me cruzo de brazos y me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

-Espero que quién sea a quien estemos esperando no tarde mucho -comento y señalo su brazo-. Eso no tiene muy buena pinta.

Él sonríe y se encoge de hombros.

-He sobrevivido a cosas peores.

Yo enarco las cejas pero no me mira. Miro hacia el cielo y me doy cuenta de que tengo la mente más clara. Y también de que tengo frío. Solo llevo la camiseta de manga corta que tenía en la celda, aunque allí no notaba el aire frío de fuera. Tengo la piel de los brazos de gallina. Me niego a seguir mostrando debilidad ante desconocidos, así que permanezco en silencio y me rodeo el torso con los brazos lo más discretamente que puedo. Fallo. El chico se da cuenta, se quita la chaqueta y me la lanza sobre el regazo. Típico acto de chico que muestra caballerosidad ante una chica asustada y con frío. No me muevo, ni hago ademán de coger la chaqueta. No pienso ser la damisela en apuros.

-Póntela -me dice, casi como si me lo ordenara. Eso hace que tenga más ganas de rechazarla.

Permanezco quieta, de brazos cruzados y mirando al frente. Oigo que resopla y se vuelve a apoyar en la pared.

Miro alrededor. Me sorprende que hasta ahora no hubiera sido consciente de lo raro que se veía todo. No hay absolutamente nadie por las calles. Y no sólo eso, parece que estamos en una ciudad abandonada. La gran parte de las ventanas de los edificios cercanos están rotas. Cerca de nosotros veo un semáforo roto, doblado, como un pájaro bebiendo agua. Frunzo el ceño. ¿Cuánto tiempo llevo encerrada?
-Ha sido todo muy repentino -comenta de repente el chico.

Le miro, claramente confundida. Me ofrece la mano.

-Me llamo Joshua -le miro fijamente, sin moverme. Alza una ceja -. ¿Y tú?
-La última vez que me preguntaron mi nombre el resultado no fue muy agradable.
-Ya me imagino. Son unos bestias. Aunque supongo que ya lo habrás comprobado.

Compongo una mueca irónica que provoca que me duela prácticamente cada herida que tengo en la cara.

-No necesitas más que mirarme a la cara.
-Te curarán eso.
-Creo que es más urgente tu brazo -replico.

Se ríe un poco.

-Puede. Aunque seguramente nos curen a la vez.

Empieza a mirar hacia un lado y otro de la calle, nervioso. Veo que está sujetando la pistola tan fuerte que tiene los nudillos blancos.

-¿Pasa algo? -pregunto, en voz baja.
-Están tardando un poco más de lo que deberían -contesta, mordiéndose el labio.

Asiento.

-¿A quién esperamos exactamente? -pregunto.
-A las personas que distraían a los tíos que te tenían presa mientras yo te sacaba de allí.

Frunzo el ceño. No lo entiendo. ¿Por qué tanto este chico como las personas a las que estamos esperando se molestan por mí? Cierro los ojos y respiro un par de veces. Odio las preguntas sin respuesta.

-Alice -digo.

Me mira sorprendido.

-¿Qué?
-Que me llamo Alice.

Sonríe un poco, pero está bastante nervioso.

-Genial. Ahora, ponte la chaqueta, Alice. Por favor, me da frío sólo ver toda esa piel de gallina.

Hago una mueca burlona, pero me pongo la chaqueta. Me da un calor que agradezco profundamente. Cansada de estar sentada en el suelo, me levanto y me quedo como Joshua, con la espalda apoyada en la pared. Aunque él, presa de su nerviosismo, no se mantiene quieto, sino que gira el cuerpo junto a la cabeza al mirar hacia ambos lados de la calle.

Yo no entiendo a qué viene tanto nerviosismo. En caso de que mis captores hubieran querido volver a apresarme, ya lo habrían conseguido. Miro a Joshua y veo que, a pesar del frío, una fina capa de sudor le cubre la frente. De repente, se pone pálido. Tiene la vista fija en el final de la calle. Sorprendida, sigo su mirada y no puedo creer lo que veo.
Es una criatura extraña, como poco. Tiene una forma ligeramente humanoide, con los brazos y las piernas demasiado largos. Camina apoyando las cuatro extremidades en el suelo, lo que lo hace más extraño. La criatura parece no habernos visto, ya que está hurgando detrás de un montón de escombros al final de la calle. Miro sin ocultar mi terror a Joshua, que parece estar manteniendo una lucha mental entre correr o quedarse esperando, como por lo visto está programado.
Antes de que ninguno de los dos podamos decir o hacer nada, el ser levanta de golpe la cabeza y nos ve. Tengo la vaga sospecha de que detrás de esos escombros hay algún cuerpo, porque la cosa tiene la boca, la barbilla y las manos llenas de sangre. Tiene un rostro que recuerda, de alguna manera a una persona, aunque muchísimos más demarcado y con los ojos vidriosos. Parece una persona, pero no lo es.
Enseña los dientes y gruñe. Empieza a correr hacia nosotros. No me puedo mover, estoy paralizada. Joshua me agarra de la chaqueta y tira de mí para colocarme detrás de él. Levanta el arma y se oye un disparo. Aunque no ha sido él.
La criatura se desploma en el suelo y, de repente, un enorme furgón dobla la esquina. Pasa a toda velocidad por nuestro lado y se para unos metros más allá. Las puertas traseras y una delantera se abren de golpe y varias personas saltan al suelo. Un chico coge a Joshua del brazo y lo sube al furgón, mientras una mujer joven le examina como puede la herida del brazo. Un hombre con barba de unos cuarenta años se acerca a mí. No tengo ni idea de lo que está pasando, pero lo sigo al interior del furgón. Cuando hemos subido, un chico que no debe ser más mayor que yo cierra las puertas y el furgón se pone en marcha. Miro a mi alrededor, y veo caras preocupadas, concentradas, y... ¿triunfales?
Decido que mi cerebro no puede procesar tanto y, cerrando los ojos, apoyo la cabeza en la pared del furgón.

sábado, 6 de abril de 2013

1. -Capítulo 2-


Tiro el bolígrafo al suelo, frustrada. Me cruzo de brazos y miro con el ceño fruncido el cuaderno que tengo delante. Sigue abierto y en blanco, exactamente igual que hace media hora.

-¡Bah!

Aparto el cuaderno y me estiro en la cama. A pesar de que intento no pensar en ello la escena de anoche se me cuela en la cabeza; el tío de la calle tenía que ser una alucinación. Tenía que serlo. Pero no, se fue caminando, no desapareció sin más. Caminaba y hacía ruido al andar. Era real.
Se me pone la piel de gallina en la brazos. Alargo el brazo para alcanzar el reloj que hay en la mesilla. Las cinco menos diez. He quedado con Hayley y Alex en la casa de él a las cinco, así que me levanto, me pongo las zapatillas y salgo de mi habitación, no sin antes un escalofrío al volver a recordar momentáneamente lo de anoche.

Tengo ya la mano en el pomo de la puerta de la calle cuando mi madre me llama desde el salón. Cierro los ojos y respiro hondo. Casi. Me doy la vuelta lentamente, preparándome para alguna otra escena. Sale del salón, pero se queda apoyada en el quicio de la puerta.

-¿Dónde vas?
-He quedado con Hayley y Alex.

Su mirada me deja claro que no es suficiente.

-En su casa. En la de él- me sigue mirando así-. ¿Pero dónde crees que voy a ir si no?- pregunto, extendiendo los brazos.

Otra miradita y se mete otra vez en el salón. Pongo los ojos en blanco y salgo. Una pequeña parte de mí esperaba volver a ver a aquel tío, o alguna otra cosa extraña, pero no. Lo único que se ve por la calle es lo normal, algunos de mis vecinos, el viento moviendo las ramas ya casi desnudas de los árboles y poco más. Me meto las manos en los bolsillos y echo a andar calle abajo.

Alex me abre la puerta de su casa. Lleva una camiseta de manga larga que le regalé yo misma, vaqueros, y va descalzo excepto por unos calcetines a rayas azules.

-Hooola- me saluda.
-Buenas- sonrío-. Molan los calcetines.
Se ríe.
-Gracias. Los tengo como de cuarenta colores.

Entramos y cuando llegamos al salón Hayley está sentada en el sofá con las rodillas pegadas a su pecho y está estirando al cuello para intentar ver algo en la otra habitación, que es la cocina.

-¿Qué buscas?- le pregunto.

Ella pega un brinco y se da la vuelta, para vernos a Alex y a mí casi riéndonos. Se sonroja ligeramente y murmura un ''nada''.

-Bah, seguro que vuelve a pasar un par de veces más. Siempre lo hace- suelta Alex.
Yo no puedo evitar soltar una carcajada.

Sin duda Hayley andaba buscando al hermano de Alex. Tiene alrededor de unos veintidós años y el rasgo más notable en común con su hermano es el pelo castaño. Tiene los ojos azules, pero no de un tono pálido, como los de Alex, sino más intenso. Debe medir un metro noventa y además es ancho de espaldas, lo que le hace parecer aún más grande.

Sale de la cocina y atraviesa el salón para llegar al pasillo en el que están los dormitorios. Hayley tiene la cabeza baja y simula estar mirándose las manos, pero por el rabillo de ojo veo que no le quita la vista de encima.

-Debería empezar a cobrar entrada -comenta Alex-.

Se me dibuja una sonrisa en la cara aunque intente evitarlo. Hayley se coloca el pelo sobre el hombro, pareciendo lo más digna posible. Un ligero tono rosa aún le cubre las mejillas.

-¿Y tú de qué te ríes? -me pregunta, con el tono indignado que pone a veces-. Si a ti te gusta tanto como a mí - Sigo sonriendo y sacudo la cabeza. Noto como se me calienta la cara.
-Vaya dos... Y luego decís de mí.
-Si nosotras nunca decimos nada de ti -respondo.
-Bueno, un poco sí. Pero nunca nada malo -apostilla Hayley.
-Tranquilas, que lo sé -señala la mesa-. Mientras vosotras os entreteníais con mi hermano he traído cositas de comer.
-Guau... Estás en todo -comento, dándole un toquecito en la cara con el dedo índice, como hago a veces con Andrew.
-Pues claro. Sin mí no duraríais ni dos días.

Nos reímos y después empezamos a picotear de la comida que hay sobre la mesa.

-Está un poco raro -dice en voz baja Alex, mientras abre una bolsa de patatas fritas.
-¿Quién, tu hermano? -pregunta Hayley, con la mano metida en una bolsa de Cheetos.
-Hmm -asiente él, con un par de patatas en la boca.
-¿Y eso? -le doy un trago a un vaso de batido de fresa-. ¿Ha pasado algo?
-No, pero lleva como algunas semanas, a lo mejor tres, que no sale de su habitación, y cuando lo hace apenas habla. Y si le pregunto me responde con respuestas cortas o evasivas.

Frunzo el ceño y miro a Hayley, que tiene la misma cara de sorpresa y extrañeza.
Alex sigue hablando.

-Ayer, sobre las diez de la noche, estaba en mi cuarto y le oí salir de su habitación, así que yo también salí, para intentar hablar con él. Pero, en vez de ir a la cocina o al baño, como esperaba que hiciera, se puso la chaqueta y salió de casa -Hayley y yo nos volvemos a mirar-. Me extrañó un montón, pero tenía que aprovechar. Esperé un par de minutos y entré en su habitación.

Se queda callado un momento y Hayley y yo le hacemos un gesto para que continúe.

-Así a primera vista no había nada raro. Desorden, pero nada más. Aún así entré, y más de cerca había algo que no me cuadraba, aunque no sabía qué era. Me acerqué a su escritorio y vi que estaba todo cubierto de hojas. Cogí algunas para ver qué podían ser, pero en muchas había gráficos y cálculos que no entendía ni un poco. Como me preocupaba que volviera rápido sólo me dio tiempo a ver que en su cama había como... unas cuatro o cinco carpetas llenas de papeles y un par de libretas llenas de apuntes rarísimos. Pero no los pude leer, porque en ese momento oí que la puerta de la calle se volvía a abrir, así que tuve que volver corriendo a mi habitación.

Hayley y yo nos quedamos unos minutos en silencio, procesando todo lo que Alex nos acaba de contar. La comida y bebida ha quedado olvidada sobre la mesa.

-Pero... -empieza Hayley-. ¿No podría ser... algo de... la universidad?
-Eso pensé yo -asiente Alex-, pero si lo hubieras visto seguro que pensarías como yo que no es de la universidad -vuelve la vista hacia mí-. Alice, ¿tú qué piensas?
-Pues... La verdad es que estoy bastante confusa. No tiene sentido que fuera algo de la universidad, porque no explicaría que estuviera tan raro.
-Bueno, hay algunos trabajos... -me interrumpe Hayley.
-Sí, lo sé, pero... No sé, hay algo que me escama.

Alex asiente, conforme con mis palabras.

-Eso mismo me pasa a mí. Por eso quería contároslo, para ver qué pensáis vosotras.
-Pues... -decimos ambas a la vez.

Me mordisqueo el interior del labio, pensativa.

-Puede que sean cosas nuestras, y que estemos desmadrando un poco la imaginación -divago-. Pero... -Alex niega con la cabeza, sabiendo lo que voy a decir-. No sé, parece algo más grave.

No estoy completamente segura de mis palabras, pero Alex asiente.

-Claro, conocéis a mi hermano, no es para nada de los de encerrarse en su habitación. Y aunque tuviera mucho que estudiar, solo le dedicaría algo de tiempo, no tanto.

Me mordisqueo el interior del labio y me quedo mirándome las manos. Los tres nos quedamos un rato en silencio. Alargo el brazo y cojo el vaso de batido. Bebo un trago mientras ellos dos vuelven a coger la comida, aunque seguramente solo por hacer algo.

Sacamos algún tema de conversación banal, para olvidarnos de todo este asunto. El exterior ya está oscuro y las farolas encendidas. Miro el reloj que hay colgado en una pared.

-Voy a tener que ir yéndome ya...
-Sí, yo también -dice Hayley.

Nos levantamos seguidas de Alex. Nos acompaña hasta la puerta y, cuando ya estamos en el umbral nos da un abrazo a cada una.

-Bueno, hasta... ¿mañana? -pregunta.
-Hecho.

Asiente y cierra la puerta. Hayley se coloca la bufanda y yo me abrocho el abrigo. Caminamos un trecho juntas, en silencio. Cuando llegamos al punto en el que tenemos que separarnos para ir cada una a su casa, Hayley dice lo que ambas estamos pensando.

-Que raro todo, ¿no?

Asiento, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

-Quiero decir, raro de verdad. Igual estoy exagerando, pero... -sacude la cabeza, como queriendo alejar algún pensamiento de su mente-. Bueno, nos vemos mañana, ¿vale?
Saco la mano del bolsillo lo suficiente para alzar el pulgar y vuelvo a meterla antes de que se quede demasiado fría. Nos separamos y echamos a andar cada una por un lado. Camino rápido, mirando al suelo. Me parece oír algo a mis espaldas. Vuelvo la cabeza. Nada.

Aprieto las manos en puños y sigo caminando. Vuelvo a oír algo, esta vez sin ninguna duda. Me quedan aún algunas manzanas para llegar a mi casa. Sin darme la vuelta, empiezo a correr. Me empiezan a doler los pies helados, pero sigo corriendo. Sigue habiendo ruido detrás de mí, y movimiento. Me sigue.
Dos manzanas. Algo se me echa encima, o más bien alguien. Es bastante más alto que yo, y más fuerte. Me tira al suelo y cae sobre mí. No nos llega la luz de ninguna farola; ha escogido el momento justo. Me revuelvo todo lo que puedo, pero su peso me aplasta. Me agarra del abrigo y me pone boca arriba. Intento mirar alrededor, pero no hay nadie en la calle, y no creo que se nos pueda ver desde ninguna casa. Al no llegarnos la luz de ninguna farola no puedo verle la cara, pero me parece ver cabello rubio bajo la capucha negra.

Me sujeta la cara por la barbilla. Me acerca la otra mano a la cara y, aprovechando, le muerdo. Suelta un grito ahogado y afloja un poco su agarre. Me revuelvo bajo él para colocarme y le pego un rodillazo en el estómago. Retrocede un poco y, sin poder explicarme cómo, consigo escurrirme bajo él. Echo a correr hacia mi casa. Está tan cerca. Unos cuantos metros y ya estaré a salvo, bajo mi techo.

Já. Vuelve a echárseme encima. Me rodea con los brazos por la espalda y tira de mía hacia la zona que no alumbra la farola. Abro la boca, pero antes de que pueda hacer ningún ruido me la cubre con la mano. Me revuelvo, intento pegarle alguna patada, algún cabezazo, pero lo esquiva todo. Antes de que pueda hacer nada más, me desliza una especie de capucha en la cabeza, que me la cubre entera. Un olor fuerte, como químico, se me cuela hasta el cerebro y pierdo el sentido.



1. -Capítulo 1-

Well, pues empiezo con la historia 1., pues... Simplemente por el orden, no por nada más. Yo suelo hacer los capítulos largos, aviso. Aquí os lo dejo ^^



<<Corre, corre>>, pienso mientras veo las gotas de lluvia deslizarse por el cristal de la ventana. La gota grande va en cabeza, bajando como una bala, pero, a unos centímetros de la meta se para y la gota pequeña, la mía, la que parecía que ni siquiera iba a llegar abajo, empieza a avanzar a toda velocidad y llega abajo la primera.
Sonrío. <<Así se hace>>. Me estoy preguntando por qué me gusta tanto contemplar las gotas de lluvia en la ventana cuando veo una mano. Una mano que se apoya en el cristal desde fuera. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y estoy a punto de gritar, pero me contengo en el último momento, ya que lo que menos me conviene es llamar la atención de todo el autobús. No soy idolatrada por mis compañeros de clase, pero tampoco se meten conmigo ni me hacen la vida imposible y prefiero que siga siendo así.
El autobús para con un frenazo que casi hace que me dé un golpe en la frente con el asiento de delante. El barullo normal del autobús se intensifica cuando mis compañeros se levantan para bajar del autobús. La chica que se había sentado a mi lado se levanta y, sin casi mirarme, se dirige a la parte delantera del autobús para salir.
Apoyando ambas manos en el respaldo del asiento de delante, me levanto con la imagen de la mano que acabo de ver en el cristal grabada en la cabeza. Alguien me pellizca ligeramente en la espalda.
-Hoooola. Señorita Alice Halonn, haga el favor de volver a la realidad. ¿Estás aquí o tengo que ir a buscar un cubo de agua?
-No te pienso dar esa oportunidad, Tate -le digo, sonriendo.

Hayley Tate es muy diferente a mí. Al principio me había sorpendido de que una chica como Hayley quisiera siquiera hablar conmigo. Pero habíamos hablado, y había resultado que teníamos un montón de cosas en común y que nos entendíamos bastante bien. A pesar de que Hayley es esa clase de personas que caen bien a todo el mundo. Todos piensan que es genial, simpática, divertida...
En cambio, la gente solo podría decir de mí que soy maja por decir algo o, simplemente no tienen ni idea de quién soy.
-No bajes la guardia- bromea Hayley. Después acerca la boca a mi oreja y susurra-. Nunca.

La palabra habría tenido más efecto si no fuera porque se ríe al decirla. Ambas bajamos del autobús. Mientas empezamos a andar hacia el instituto, miro hacia la ventana junto a la que había estado sentada, pero no veo ni rastro de la mano. Nada. Me muerdo el labio y aprieto el paso para alcanzar a Hayley. Estamos a principios de noviembre, así que ya hace bastante frío. Me coloco el gorro de lana que llevo puesto y me froto las manos para intentar hacerlas entrar en calor.
Toda la gente que entra en el edificio empieza a apelotonarse y a empujarnos a Hayley y a mí. Un empujón particularmente fuerte me lanza hacia la pared y me raspo la cara con la superficie del muro. Me llevo una mano a la mejilla y lanzo una mirada resentida al chico que me ha empujado, pero él ni me mira. Más adelante distingo la melena de un rubio casi blanco de Hayley, y confirmo que es ella cuando veo una de sus mechas fucsias. Me abro paso hacia ella como puedo y, cuando consigo llegar junto a mi amiga estoy sin aliento. La gente ya se ha dispersado por los demás pasillos y las clases, por lo que ya se puede respirar tranquila.
Hayley me mira sorprendida.
-¿Qué te ha pasado?- me pregunta, señalando el raspón de mi mejilla.
-Un armario me ha estampado contra la pared- señalo con la barbilla al chico, que está en el mismo pasillo, a unos diez metros, hablando con un grupo de gente.

Hayley abre la boca y asiente, comprendiendo.
-Ooooh, ya veo. Me pregunto qué narices comerán para estar así. Ninguna persona puede conseguir eso con métodos naturales.
-Prefiero ni meterme en esos temas...

Hayley asiente de nuevo y se vuelve hacia su taquilla, que está justo a su lado. Yo me dispongo a abrir la mía, contigua a la de Hayley. Siempre me suele costar al menos un par de minutos conseguir abrirla. Cuando estoy a punto de conseguirlo, alguien me pega en la cabeza con un cuaderno y mi intento de apertura de la taquilla se va al traste. Lanzo una exclamación mitad sorprendida mitad frustrada y me doy la vuelta.
Allí está Alex, la otra persona del instituto con la que me llevo lo suficientemente bien como para llamarlo amigo.
Sonríe de oreja a o oreja y hoy no lleva las lentillas moradas que se pone a veces, por lo que se ven sus ojos verde pálido. Siempre me pregunto cómo puede ponerse lentillas teniendo esos ojos. Los míos son castaño oscuro, y no me quejo de ellos.

-Buenos días, pequeñas – me encanta y me hace gracia a la vez que nos llame así, ya que él es el pequeño y unos cuantos centímetros más bajo que Hayley y prácticamente de la misma altura que yo.
-Igualmente, pero, ¿sabes que estaba a punto de abrir mi taquilla? - le miro entrecerrando los ojos, intentando parecer enfadada.
Él suspira divertido, me pone una mano en el hombro y me aparta con cuidado de la puerta de la taquilla.

-Dejen paso al profesional -dice extendiendo las manos como si estuviera apartando a una multitud.

Hayley pone los ojos en blanco y se ríe. Miro fijamanete a Alex maniobrando con la ruedecita de la puerta de mi taquilla. En menos de tres segundos la puerta está abierta.
Abro la boca de par en par.

-¡Te odio cada vez que haces eso! -exclamo, indignada.
-Que mentirosa, sé que me adoras.

Antes de que pueda responder, el sonido del timbre que anuncia el comienzo de las clases me interrumpe.

-¡No, otra vez tarde no!
-Hayley, tengo que sacar los libros -medio grito, ya atenazada por el estrés-, espera un...
-¡Que no!

Hayley me aparta bastante menos delicadamente de lo que Alex lo ha hecho hace unos momentos y saca los libros que necesito hoy. Me los pone en las manos, me agarra del brazo, esta vez más suavemente y me empieza a llevar a la clase que nos toca. Hayley aborrece llegar tarde.

-¡Os veo luego! -nos grita Alex. Él tiene otra clase.

Sólo puedo hacerle un gesto de conformidad con el pulgar mientras Hayley me arrastra hacia nuestro aula.


Como siempre, las clases se me hacen eternas, y sólo soy consiente de la mitad de las cosas que explican los profesores. De lo único que soy totalmente consciente es del sonido de la campana que indica el final de las calses. Aún sentada en mi pupitre doy las gracias por ser viernes.
Recojo mis cosas y me dirijo con Hayley a la puerta del aula. Alex nos está esperando ahí.
-¿Qué tal? -nos pregunta.
-Un petardo, como siempre -responde Hayley.
-¿Acaso cambia algún día? -farfullo mientras me tapo la boca al bostezar.

Caminamos un rato hablando de nada en particular. Nos quejamos de la familia, de los exámenes...

-¿Podéis quedar esta tarde? -pregunta Hayley.

Alex asiente.
-Por supuesto, yo siempre.

Ambos me miran.
-Yo no puedo hoy, van a venir mis tíos con mis primos. Reunión familiar a traición.
-Eso no vale -se indigna Alex-, eso hay que avisarlo, para que se te ocurra alguna excusa para escaquearte.

Suelto una carcajada.
-Cuanta razón. Ojalá me hubieran avisado antes...
-Bueno, entonces nos vemos mañana, ¿vale?
-Por supuesto, Tate -respondo.

Me separo de ellos para girar hacia mi calle. Cuando abro la puerta noto algo raro. La casa está oscura, a pesar de que son las tres de la tarde y hay bastante luz. Frunzo el ceño y me dirijo a pasos lentos hacia el salón. Está vacío, y los muebles están rotos y algunos tirados por el suelo, hechos añicos. Siento que me falta el aire. Como si me estuvieran apretando el pecho con un tubo de plástico. Entreabro la boca intentando respirar y, de repente, todo vuelve a ser como era. Los muebles están enteros y en su sitio, la luz entra a raudales por el ventanal que ocupa casi una pared del salón. Y mi madre me mira desde el otro lado de la habitación, entre sorprendida, preocupada y asustada.

-¿E... estás bien? -me pregunta, después de unos minutos de silencio.
-Sí.
-Estás pálida.
-Ya. Estoy... cansada. Voy arriba.
-No te duermas, a las cinco llegan tus tíos y tus primos.
-Vale -respondo, ya en la escalera.

En cuanto entro en mi habitación tiro la mochila al suelo, me tumbo sobre la cama y entierro la cara en la almohada. Pienso en la mano que he creído ver en el autobús, y ahora esto. ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué a veces veo cosas así de extrañas y al instante siguiente desaparecen? Sé que mis padres piensan que estoy loca, que tengo algún problema en el cerebro, porque cuando era pequeña y me pasaba algo así corría a contárselo asustada. Al principio pensaron que simplemente era mi imaginación y no le dieron importancia, pero al pasar unos años y ver que me seguía pasando decidieron llevarme al médico. Consultaron a psicólogos, psiquiatras... Nadie logró encontrar problema alguno en mi cerebro.
A partir de que cumpliera los once años dejó de pasarme, y todos se aliviaron, yo incluida.
Conseguí dejar aquello en un rincón de mi mente, apartado, para que no me molestara. Aunque no lo olvidé, porque a mí no me gustaba olvidar nada. Todo fue bien hasta una noche, un par de años después, cuando ya había cumplido trece. Estaba ya preparada para dormir, metida en la cama, con la luz apagada. La única que entraba era la de la luna, por la ventana, por lo que la habitación estaba en una oscura penumbra.
Estaba a punto de dormirme cuando, una extraña senación me hizo abrir los ojos. La sensación de que alguien me miraba. Distinguí una figura en medio del cuarto. Tenía forma humana, o eso me pareció.
Respirando entrecortadamente y ya sospechando lo que estaba pasando, alargué el brazo hacia el interruptor y encendí la luz. Nada.
Respiré profundamente. Más que miedo sentía una extraña frustración. Con la mano ya sobre el interruptor, a punto de volver a apagar la luz, sentí una especie de cosquilleo en la oreja, como cuando alguien te habla al oído. Pero no oí nada. Casi dejé escapar un bufido, apagué la luz y volví a dormirme. Desde entonces me había seguido pasando. A veces me sucedía con bastante frecuencia, a veces pensaba que se había vuelto a ir hasta que me volvía a pasar.

Habían pasado ya dos años desde aquello. Me doy la vuelta quedándome boca arriba sobre la cama. Me quedo un rato observando el techo, sin saber decir cuánto tiempo, intentando que no me arrastren los recuerdos de todas las veces que he vivido esas malditas alucinacones o lo que demonios sean.

Alguien llama suavemente a la puerta. Me incorporo y me paso las palmas de las manos por la cara para limpiarme un par de lágrimas que me caen por las mejillas antes de permitir la entrada a la persona que está fuera. Reconozco esa forma tímida de llamar.
La puerta se abre y entra en la habitación mi primo Andrew, un niño menudo que se queda en el umbral de la puerta mirándome, como pidiéndome permiso.
Le sonrío.
-Hola, A -le saludo-. Sabes que eres de las pocas personas que pueden entrar aquí siempre que quiera.

Él mira al suelo y asiente.

-Lo sé, pero...

Me río. Doy un salto en la cama y me coloco de tal manera que mis pies apoyan en el suelo.

-Venga, no te quedes ahí -le digo, dando unas palmaditas en la cama-. Cierra, por favor.

Cierra la puerta se acerca a mí. Lleva un libro en la mano. Sonrío al reconocerlo.

-¿Ya lo has acabado?

Una sonrisa le ilumina la cara. Me parece que también muestra un poco de orgullo. No puedo evitar soltar una carcajada.

-Supongo que no me hace falta preguntar si te ha gustado, ¿no?

Él abre mucho los ojos.

-¿Estás de broma? Es de los mejores libros que he leído.
-No sabes como me alegra oír eso. En serio.

Él sonríe y el rubor acude a su cara salpicada de pecas.

-Sabes que a prácticamente nadie le dejaría mis libros, ¿no?
-Sí, lo sé. Son tesoros, y los tesoros no se dejan a cualquiera.

Soy todo orgullo cuando mi primo acaba la frase.

-Jo... -Me levanto y abrazo al niño. Le estrecho los hombros entre mis brazos. Mi primo es algo pequeño para tener doce años. Él parece dudar al principio, probablemente por la sorpresa, pero después me corresponde rodeándome la cintura con los brazos-. Te adoro, ¿lo sabes?

Él se iergue entre mis brazos y dice, con todo el orgullo y dignidad que puede:

-Claro que lo sé.

Estamos buena parte de la tarde sentados en el suelo de la habitación hablando de libros, cine, series de televisión... Tenemos gustos similares en cuanto a casi todo, admito que mayormente gracias a que yo le he llevado por mi camino, así que los temas de conversación no son pocos.

Llevamos unos minutos en silencio. Andrew está hojeando los dibujos de una carpeta que le he pasado.
-Te ha vuelto a pasar, ¿verdad?- susurra. Tiene la vista baja, mirando el dibujo que tiene en la mano, aunque toda su atención está centrada en mí-. Lo de... Lo he notado nada más mirarte a la cara.

Me tenso, manteniendo la vista en mis piernas cruzadas. Me mordisqueo el interior del labio y trago saliva.
Alzo un poco la mirada. Lo suficiente para ver que mi primo me mira fijamente, muy serio.
Tras unos instantes que a mí se me antojan horas, nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. Él sacude la cabeza.

-Perdona, no tenía que haber preguntado.

Ahora la que niega con la cabeza soy yo.

-No pasa nada. En realidad, no me extraña que te hayas dado cuenta. Si mi cara normalmente ya da yuyu después de algo de esto se me debe de quedar como para llamar a los de The Walking Dead.

Andrew me mira como si me fuera a regañar, aunque sonríe un poco.

-Eso no es verdad, tu cara no da yuyu, y lo sabes.
-En realidad da un yuyu moderado.

Con eso logro que se ría y espero haber desvíado su atención lo suficiente.

-Vale, lo que tú digas -hace un gesto con las manos, como si me pidiera calma.

Estamos un rato bien. Mirando mis carpetas de dibujos cuando él vuelve al ataque. Parece que mi intento por desviar su atención no me ha salido bien.

-¿Cómo ha sido? Quiero decir, ¿ha sido de los... duros?

Suspiro.

-Sí. Pero preferiría no hablar de ello, por favor- le miro, y debe de notar que realmente no quiero hablar de ello, porque asiente y al instante hace como que se le ha olvidado el asunto.

Le doy las gracias en silencio.

Alguien llama a la puerta. Abre antes de que pueda decir ''adelante''. Es mi madre.

-Alice, tus tíos se van a ir dentro de poco, baja y salúdales al menos.
-Voy- respondo.

Levanto la vista y veo que sigue ahí, esperando a que me levante para ver con sus propios ojos que bajo de verdad. O tal vez para contralar si me vuelve a dar uno de mis ''ataques'', como los llama ella.

Andrew y yo nos levantamos y bajamos al piso de abajo. En el salón están mis tíos y mi prima, que a pesar de que es más cercana a mí en cuanto a edad, tenemos lo mismo en común que un huevo y una castaña. Está sentada en un sillón, tecleando frenéticamente en su móvil. No puedo evitar poner los ojos en blanco.
Me doy cuenta de que mis tíos me miran de forma extraña. Mi madre ya les ha contado lo que me ha pasado, por supuesto. Mi prima levanta la cabeza y me lanza la misma mirada que sus padres. Añadiendo esa aparente repulsión con la que me mira a veces la gente de mi edad.

Suspiro y pongo la sonrisa más convincente que puedo.

-Hola, tía Carol- me acerco y le doy un beso-. Hola, tío Ed- hago lo propio con él.

Ella no me responde. Él me pone una mano en el brazo y me da un apretón amistoso. De esta familia, sin duda él es mi segundo favorito.

-¿Qué tal, Alice?

Me encojo de hombros.

-Bien, no me quejo.

Me sonríe y le devuelvo la sonrisa. Esta vez de verdad. Mi tía se levanta de golpe de su asiento.

-Tenemos que irnos ya.

Yo no intento disimular mi mala cara. Esta mujer nunca me ha gustado.

Mi prima se levanta del sillón sin quitarle el ojo a la pantalla del móvil. Me lanza una última mirada y sale por la puerta, justo detrás de su madre.
Ed y Andrew se quedan un momento más. <<Por lo menos se despiden>>, me digo. Andrew me rodea la cintura con los brazos y yo le doy un besito en la sien.

-Adiós, A- me dice.
-Nos vemos, A.

Ed me da un abrazo rápido.

-Hasta la vista, Alice.

Sonrío.

-Adiós.

Cuando la puerta se cierra tras ellos, mi madre se cruza de brazos y se me queda mirando.

-¿Qué?- espeto, cuando me canso de que me mire.
-¿Me vas a decir qué demonios te ha pasado antes?

Pongo los ojos en blanco, resoplo y me doy la vuelta, dispuesta a subir a mi habitación. Ella me coge por el brazo.

-No, Alice. Te vas a sentar en el sofá y me vas a decir qué ha sido eso. Te ha vuelto a pasar otra vez, ¿verdad?

Resoplo otra vez.

-¿Y qué si me ha pasado otra vez?

Ella se sienta en el brazo del sofá, como si no pudiera mantenerse de pie. Los ojos se le llenan de lágrimas.

-Tendría sentido que fuera yo la que llorara, no tú.
-¿Qué? ¿De verdad acabas de decir eso? Para mí no es fácil verte así, ¿sabes?
-¿Así cómo?- alzo la voz sin darme cuenta-. ¡No me pasa nada!
-¡Ver cosas donde no las hay no es exactamente ''nada''!

Me quedo un momento perpleja. Nunca lo había dicho tan claramente. Me paso las manos por los ojos y recorro la línea de mis cejas con las yemas de los dedos. Respiro profundamente, intentando relajarme. Tarde, ya he empezado a llorar. Detesto llorar con gente delante.
Ella baja un poco el tono y se acerca a mí. Retrocedo un paso, poniendo un pie casi en la escalera. Suspira.

-Deberíamos ir a que te viera algún médico.
-Ya me habéis llevado a tropecientos médicos- le espeto, cansada de este tema.
-¡Pues te llevaremos a tropecientos más si hace falta!
-¡No es nada! ¡Mi imaginación, ya está!

Ella me mira muy seria.

-Esa mentira no te la crees ni tú.

La miro. Ya no lloro, lo único que siento son unas tremendas ganas de romper algo a patadas. Se me crispan los dedos. Justo en este momento, la puerta principal se abre y entra mi padre. Alzo los ojos al techo, agradecida. Corro, le abrazo y aprovechando, subo las escaleras y me meto en mi habitación.
Me acerco a la ventana y miro a través de ella, intentando dejar de pensar en lo que acaba de pasar. Veo que hay alguien plantado en medio de la acera, justo delante de mi casa. Mirando hacia arriba. Hacia mí. Clavo las uñas en el alféizar de la ventana. No puede ser. No puede ser. Espero a que la maldita alucinación acabe, pero no lo hace. El tío rubio con el abrigo negro no se mueve de ahí. No puedo verle la cara. Justo antes de que me empiece a dar el pánico, se da un cuarto de vuelta y se pone a andar hacia el final de la calle. Le sigo con la mirada hasta que ya no le veo.
Suelto el aire que había estado conteniendo y me alejo de la ventana. Me pongo rápidamente el pijama y me meto en la cama.
Está claro que eso no era una alucinación, lo que lo hace bastante más extraño. Y también asusta más.  
Bueno, a ver. Un par de cosillas. Lo primero, que gracias por entrar por aquí <33 Después, las historias que tengo (de momento) no tienen nombre, porque no se me ha ocurrido ninguno, básicamente, osea que las voy a tener numeradas, tal y como las tengo en el ordenador. No es nada más que arriba, en las pestañitas (si logro averiguar cómo manejarlas bien) va a haber números en vez de letras. A un ladito del blog tendré el numerito de la historia y de lo que va, para que no haya líos. Y, nada más, creo <33 

Byes.