miércoles, 3 de julio de 2013

Breaking - Capítulo 4

¿Solamente había subido hasta el 3? Pensaba que al menos había llegado al 4. Madre mía... En fin, aquí está. Por cierto, ya me he apuntado mentalmente que voy a empezar a hacer los capítulos más cortos, o a dividirlos en dos o algo así, para que no sean tan pesados de leer. Ahí os lo dejo:



Noto una sacudida y abro los ojos. El furgón ha dejado de moverse. Alguien abre las puertas y la luz del sol hace que entrecierre los ojos. Varias personas salen a toda prisa. Sólo distingo algunas palabras.

-... está sangrando mucho -dice alguien.

Estiro el cuello y sólo puedo ver a Joshua con la manga de la camiseta remangada hasta el hombro, con los dientes apretados y sujetándose el brazo lleno de sangre. Tres personas, entre ellas la mujer que ha debido de decir lo de la sangre, le ayudan a bajar y se lo llevan a toda prisa. Tres de los cinco que quedamos, bajan del furgón hablando entre ellos. Me quedo a solas con el hombre que me ha subido al vehículo. Se pone de pie y se coloca sobre el hombro la cinta de tela de la que cuelga un rifle.

-Disculpa por todo este jaleo. Te estarás preguntando hasta dónde estás.

Sonrío.

-Sí, un poco.
-Me llamo Matt -se presenta.
-Alice.

Su tono al hablar me recuerda ligeramente a mi tío Ed. Me doy cuenta de golpe, ¡mi tío! Andrew, Hayley, Alex, mis padres... ¿Qué ha sido de ellos? Un nudo de preocupación me llena el pecho y me empieza a subir por la garganta. No... No. Tienen que estar bien. No puede haberles pasado nada malo. No, por favor.

Vuelvo a concentrarme y veo que Matt sigue frente a mí, tendiéndome una mano para ayudarme a levantarme. Le cojo la mano y tiro de mí misma. Ambos bajamos de un salto al suelo y él se me queda mirando un momento.

-Antes de nada, deberíamos llevarte a la enfermería, para que le echen un ojo a esas heridas -comenta.

En realidad estoy bien, pero me gustaría ver cómo está Joshua. Asiento.

El furgón está aparcado frente a un edificio no muy grande de dos plantas que seguramente es alguna especie de albergue o algo así. Veo por el rabillo del ojo que el recinto está rodeado por una verja metálica de unos tres metros. Una parte de mí se alegra al ver los tirabuzones afilados que recorren la parte superior.
Matt me coloca una mano en el hombro y me guía al interior del edificio. Atravesamos un pequeño vestíbulo con algunos sofás y mesitas bajas únicamente ocupado por dos mujeres y llegamos a un pasillo con un par de puertas una enfrente de la otra y una escalera al final.
Matt y yo entramos por la puerta de la izquierda. Entramos en una habitación con una hilera de camillas a lo largo de la pared del fondo y algunos armarios en la de enfrente.
En una de las camillas está Joshua, sentado con la espalada apoyada en una almohada mientras la mujer joven que se lo ha llevado del furgón le venda la herida del brazo. Tiene la mandíbula apretada y observa como la mujer trabaja. Ella levanta la mirada y vuelve la cabeza hacia la puerta, donde estamos Matt y yo.

-Enseguida estoy contigo -me dice seria mientras termina de vendar el brazo a Joshua.

Estoy a punto de decir que no necesito nada cuando Matt me coloca una mano en la espalda y me empuja despacio para que avance. Antes de que pueda decir nada la mujer se acerca a mí, me coge delicadamente del brazo y me instala en la camilla contigua a la de Joshua. Me examina los moratones en brazos, cuello y torso. Después, con cuidado, me toca con cuidado las heridas de la cara.

-Bueno -comienza-, no parece que tengas nada grave. Pero estás muy magullada.

Sonrío débilmente, aunque la cosa no tiene nada de graciosa.

-Creo que sería mejor que te quedaras esta noche aquí. Lo que necesitas es un poco de reposo.

No replico. Busco con la mirada a Matt y me doy cuenta un poco decepcionada de que se ha ido.

-Bueno, si alguno de los dos necesita algo, avisadme -dice con tono casi recriminatorio.

La mujer sale de la habitación y nos deja a Joshua y a mí solos. Me giro para mirarle y veo que ha echado la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Está observando el techo con el ceño fruncido. No creo que deba decir nada, aparte de que no tengo nada que decir. Mordiéndome el labio miro alrededor en busca de un reloj. Enseguida me doy cuenta de que aunque lo encontrara no me serviría de nada si no sé qué día es hoy. Me vuelvo hacia Joshua, para peguntárselo y veo que se ha quedado dormido tal y como estaba, sentado apoyándose en la pared. Lentamente, sin hacer ruido, me bajo de la camilla y me dirijo a la puerta. Ya en el umbral, vuelvo la cabeza para mirar a Joshua; está exactamente igual que hace unos instantes. Dormido parece más... inocente. Vulnerable. Sin toda la tensión que presenta despierto. Por alguna extraña razón me encuentro sonriendo. Sacudo la cabeza rápidamente y salgo de la habitación.
Logro orientarme lo suficiente para llegar a la especie de vestíbulo por el que hemos entrado. Está vacío. Me quedo ahí, de pie, mirando los árboles que se distinguen a través de las ventanas. Pienso en la escena que he presenciado hace un rato. Aquella criatura... Sólo con pensarlo un escalofrío me recorre de arriba a abajo. Aparte de eso, el haber visto edificios con casi todas las ventanas rotas, las calles desiertas e incluso con escombros... Demasiadas imágenes traumáticas. Es como si el mundo se hubiera acabado de la noche a la mañana. No sé a qué día estamos, pero no creo que haya pasado tanto tiempo.
De repente, la cabeza se me llena de nombres y caras. El corazón me empieza a martillear rápidamente en el pecho y no puedo evitar abrir la boca en busca de aire.
Andrew. Alex. Hayley. Mis padres. Mi tío Ed.
¿Dónde están? ¿Qué les ha pasado? Una imagen dolorosamente intensa de Andrew delante de una de esas criaturas se me aparece en la cabeza y los ojos se me llenan de lágrimas. No puedo dejar que eso pase. No a Andrew. Ni a Alex, ni a Hayley. Me froto los ojos con las palmas de las manos y echo a andar hacia la puerta.

Noto que una mano cae pesadamente sobre mi hombro, con la suficiente fuerza como para hacerme parar. Tirando de mí, me da la vuelta y me encuentro frente a Matt, que me mira con recelo.

-¿Qué haces? ¿Es que pensabas salir?

Yo me quedo mirándome los pies. Recuerdo momentáneamente que fue justo esto lo que me pasó con el rubio, así que levanto decidida la cabeza y miro a Matt a la cara. Su expresión no ha cambiado.

-Es que... No... No pensaba... -cierro los ojos y carraspeo-. No puedo quedarme aquí- digo con mi mirada de ''pienso hacer lo que quiera digas lo que digas''.

La expresión de Matt se ha suavizado bastante, ahora solo me mira como se mira a un niño pequeño que te dice que quiere aprender a volar. Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios. Aunque muy, muy tenuemente.
Yo frunzo el ceño sin poder evitarlo.

-¿De verdad crees que es lo mejor para ti salir? ¿Desarmada? ¿Y teniendo un sitio en el que puedes quedarte a cubierto?-me pregunta.

Me quedo mirándole, en silencio. Está claro que lo que sea que hay ahí fuera no es más seguro que esto, pero no soporto la idea de estar aquí metida de brazos cruzados sin tener la más remota idea de cómo se encuentran las personas a las que quiero.

-No... Es que...-balbuceo-. No puedo... Ahí... -espiro y bajo la mirada. Cuando las palabras no me salen no hay nada que pueda hacer.

Matt me posa la mano en el hombro y me da un suave apretón, tal vez alguna especie de consolación. O eso quiero pensar.

-Oye, hay mucho que explicarte, ¿de acuerdo? Estoy seguro de que después puedes pensar con más claridad. Pero tendrá que ser mañana. Tanto tú, como Joshua, como todos, debemos descansar.
-No estoy cansada -replico.
-Da igual. Deberías aprovechar todo el tiempo posible para intentar descansar.

Y así de rotundo, se da la vuelta y da por terminada la convesación. Yo, como no tengo ni idea de cómo es este sitio, vuelvo al único lugar que conozco: la enfermería.
Joshua sigue dormido, aunque ha resbalado hacia un lado y tiene la cara apoyada en la mesilla. No tiene pinta de ser un postura cómoda. Me siento sobre mi camilla, de cara a él y me le quedo mirando un par de minutos. Igual espero que se despierte o algo. Al final, sacudiendo la cabeza me tumbo, y me acabo quedando dormida.

Estoy sentada frente a una de las mesas del vestíbulo. Joshua me ha dejado aquí antes de irse a avisar a alguien, repitiéndome varias veces que no me moviera. Solo le he hecho caso porque tampoco tengo muchos otros sitios a los que ir. Hago garabatos con el dedo sobre la superficie de la mesa mientras espero. Joshua aparece seguido de Matt y del chico que cerró las puertas del furgón cuando me metieron en él. No andaba muy equivocada; no debe de ser mucho más mayor que yo.
Los tres se sientan en las sillas restantes y se quedan ahí unos momentos, mirándome. Sintiéndome bastante incómoda, me muevo un poco en la silla y Matt empieza a hablar.

-Te vamos a explicar todo lo que sabemos pero... -lanza una mirada furtiva a los otros dos-. Tú también tienes que explicarnos algunas cosas.

Frunzo el ceño, extrañada. ¿Explicarles? ¿Yo? ¿El qué?

Antes de que pueda preguntar nada Matt lanza una tonelada de información hacia mí que me golpea como si fuera una ola gigantesca. Al parecer estamos a martes, así que, efectivamente no ha pasado mucho tiempo. Por lo visto, el sábado por la noche, es decir, cuando me secuestraron, por todas partes empezó a cundir el pánico. Se empezaron a ver esas criaturas, al principio dos o tres, pero empezaron a aparecer más y más y todo el mundo enloqueció. Cualquier medio de comunicación dejó de funcionar. La gente empezó a meter todo en sus coches y echaron a huir. Muchos otros no lo hicieron y comenzaron a buscar un lugar donde refugiarse, se veía a la gente correr como loca por la calle, cambiando de sentido repentinamente si una de esas cosas entraba en escena, saqueos... Un auténtico apocalipsis. Al cabo de apenas dos o tres días todo se transformó en lo que vi ayer.
Joshua empieza a hablar después de que Matt acabe y me cuenta que, por lo que han podido comprobar, esas cosas tienen una especie de veneno, a falta de un nombre mejor con el que referirse a ello que, en la mayoría de los casos provoca la muerte, pero que en otros, la persona afectada pasa a ser una copia de su asesino.
Por lo que saben, podría haber más gente por ahí, intentando sobrevivir, aunque aún no se han encontrado con nadie, tan solo han visto rastros recientes de personas y cosas así.

Cuando termina la explicación, me quedo mirándolos con la boca abierta y el corazón acelerado. ¿Se están quedando conmigo? ¿Me están vacilando? Lo único que me dice que todo esto es real es lo que viví ayer. Pero... apenas puedo creérmelo. Levanto la mirada y los veo a los tres ahí, mirándome. Joshua con el ceño fruncido, el otro chico con una mezcla de recelo y... ¿curiosidad? Y, por último, Matt con una sonrisa que me recuerda tanto a mi tío y a mi padre que me dan ganas de llorar. Respiro hondo para espantar las lágrimas, lo último que me gustaría es llorar delante de ellos.

-Oye... -comienza Matt-. Sabemos que esto es difícil, pero necesitamos que nos digas algunas cosas.

Frunzo el ceño, entre extrañada y asustada. ¿Puede que esta gente sea igual que la otra? Tienen pinta de ser mejores, pero... En estos momentos creo que no puedo fiarme de nadie. Entrelazo los dedos sobre mi regazo y les miro uno a uno. Primero a Matt, luego al otro chico y, por último, a Joshua.
Me sorprendo al ver que es el otro chico el que habla.
-Ehm... -tiene la mirada un poco baja, pero la sube y me mira a la cara antes de seguir-. ¿Tienes... alguna idea de... por qué... esos tíos te cogieron?

Le miro sin saber qué cara ponerle. ¿Pero cómo leches voy a saber yo por qué me secuestraron? Este chico es tonto.

-¿Y cómo voy a saberlo?-espeto, bastante cortante.

Joshua frunce todavía más el ceño. Parece que vive con el ceño fruncido.

-¿Oíste algo? -me pregunta, muy serio-. Lo que sea. Algo que te diera alguna idea de por qué estabas allí.

Me quedo mirándole fijamente, después paso la mirada a Matt y luego de nuevo a Joshua.

-Uhm... Pues... -mantengo la mirada fija en mis manos, sobre mi regazo-. No. Bueno, creo que... Buscaban algo. Quiero decir, que no me cogieron porque sí, pero no tengo ni idea de qué... querían.

La mentira me suena un poco más falsa de lo que me habría gustado, aunque al fin y al cabo no es tan falsa, no sé qué querían en realidad.
Joshua y Matt intercambian una mirada. El otro chico, que no tengo ni idea de cómo se llama, se levanta y se larga, dejándonos a los tres solos. Pues casi que mejor.
Joshua y Matt asienten después de volver a mirarme.

-De acuerdo- dice Matt y, de repente, con una sonrisa bastante sospechosa, se vuelve hacia Joshua y le suelta-: Pues nada, Alice pasa a estar bajo tu tutela. Encárgate de que aprenda cómo van las cosas por aquí, y -se vuelve hacia mí y me pone una mano en el hombro, ante la cara de ''¿QUÉ?'' de Joshua-, tal vez cojas el ritmo dentro de poco.

Mi cara debe de ser un poema. Me quedo pasmada, pensando en todo lo que puede conllevar lo que acabo de oír.

-¡¿Pero qué estás diciendo?!-Joshua se levanta de un salto y se pone a dar vueltas, no sé si nervioso, cabreado o sorprendido-. ¡Es-estás de coña, ¿no?!

Matt está de brazos cruzados frente a él, también de pie. Sonríe de un modo que hace que, sin darme cuenta, yo también sonría.

-Bueno, tú la sacaste de ahí, ¿no? Además, tengo que asegurarme de que está bien mientras se acostumbra, y no me fío de nadie mejor que de ti – el piropo no hace que la expresión de Joshua se suavice. Matt se vuelve hacia mí y, con una última sonrisa, sale de la sala.

Joshua se queda mirando la puerta por la que acaba de salir, todavía con la boca abierta y las manos extendidas a sus costados. Se vuelve hacia mí, que aún sigo sentada. No puedo evitar pensar que esto no empieza con buen pie.

-Oye -empiezo, porque no quiero ser una carga para nadie-, mira, puedo apañármelas sola, ¿vale? No tienes que andar cuidándome como si fuera una niña pequeña.

Me mira, pero tiene la mirada perdida, así que en realidad sé que ni se está dando cuenta de que me tiene delante. Parpadea y vuelve a la realidad. Me mira de una forma algo más amable que hace dos minutos.

-¿Qué? -sacude la cabeza-. Ah. No, no. Olvídalo. Ese tío hace lo que quiere con todo el mundo -resopla y me indica con una mano que le siga-. Venga , vamos, apuesto lo que sea a que ni siquiera sabes disparar.

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Yyyyy... ¡hasta aquí! Jé, por fin tiene nombre ya *-* (Ahora que lo pienso es mi única historia con nombre xDD) En serio, habría jurado que el 4 ya estaba subido, pero bué xDD Falta poco para que empiece la acción, acción. La verdad es que tengo ganas de empezar con lo fuerte. En fiiiin, como siempre, muchísimas gracias por tomaros la molestia de leerme (los pocos que lo hacéis) y que significa un montón para mí, y que os quiero, leches. GUAPOS. Venga, ya xDD 
Tardaré menos en subir el siguiente. Lo prometo.

jueves, 20 de junio de 2013

REGRESO TRIUNFAL (?)

Jé. Bueno, más que triunfal llamémoslo ''esperado''. Ejem, aquí dejo el one-shot que prometí. Advierto: es una gran chorrada, así que no seáis demasiado críticos. Es algo hecho en plena euforia por vacaciones inminentes xDDD Ejem, aquí está:



Me despierto aunque no abro los ojos al instante. Aún tumbada en la cama me estiro y me desperezo. Mi madre abre la puerta de golpe y me llama como hace siempre para despertarme. Me siento lentamente, con los brazos estirados hacia atrás. Hoy no me cuesta tanto levantarme, ¡último día! ¡Al fin!
Me visto con mi camiseta, pantalones y zapatillas favoritos; este día hay que celebrarlo. Incluso mis padres parecen sorprendidos con tanto buen humor, pero es que llevaba mucho esperando este día. Por supuesto, este curso ha sido bastante bueno comparado con otros, pero creo que es por eso por lo que estoy tan contenta. En fin, lo que bien empieza bien acaba, ¿no?
De camino al instituto me cruzo con muchos de mis compañeros, más que de costumbre. Parece que todos compartimos el buen humor, porque incluso veo a algunos que, que yo sepa, nunca han llegado a clase antes de la segunda hora. No me encuentro a nadie con quien me lleve muy bien, pero casi todos me saludan sonriendo y yo les respondo igual. Creo que es casi la primera vez que recorro el camino entre mi casa y el instituto sonriendo.
Cuanto más me voy acercando al instituto, más pienso sobre lo que Luke lleva meses planeando para hoy. Luke es uno de mis mejores amigos, y seamos sinceros, una de las personas a las que más se les va que conozco. Solo sé lo poco que me ha contado: justo antes de las vacaciones de Navidad se le ocurrió algo para hoy y decidió prepararlo, y nada más. He insistido e insistido para que me lo contara, pero ni de coña.
Cuando atravieso el aparcamiento y la valla azul zafiro que rodea el instituto y entro en el patio empiezo a reírme sin poder evitarlo.
Un brazo me cae sobre los hombros de golpe y Luke tira de mí riéndose.
-¿Qué te parece?
-¡Tendría que haberme imaginado que iba a ser algo así, viniendo de ti!

Lo primero que veo es una fila de gente en lo que parece un lanzamiento de mochilas, seguramente con sus cinco kilos cada una. Oye, pues un chico de último curso consigue que la suya llegue al menos a unos cincuenta metros, todo un logro. Aunque con esos brazos yo también.

Sigo moviendo la mirada por el patio y veo cosas como gente haciendo auténticos murales en pizarras apoyadas contra la pared del patio. Realmente hay un par que son especialmente buenos. No faltan también los escultores con mesas y sillas, aunque para eso a veces no hace falta que sea el último día. Y luego... Suelto una risotada sin poder evitarlo al ver unas cuantas papeleras repartidas por ahí que, sí, están de hecho haciendo el papel de canastas de baloncesto. De baloncesto-papelera.
Es ahora mismo cuando me doy cuenta de que han aprovechado el sistema de megafonía para conseguir que la música suene por todo el instituto. Lo que consigue, juntándolo con los gritos, las conversaciones, las risas y los correteos de los alumnos un ruido que se podría asociar más a una macro-fiesta que a un instituto. Pero bueno, ya a éstas alturas...

Por culpa del ruido no me doy cuenta de que mi grupo se nos acerca corriendo hasta que no los tenemos a un par de metros de distancia. Jill pega un salto y se tira encima de Luke felicitándolo por la idea que ha tenido mientras él intenta no tragarse el pelo rosa de ella. Mel también le da una palmada en el hombro y le felicita sonriendo, siempre tan discreta ella. Lars y Mike en cambio afirman a gritos que es el mejor último día que puede haber y le dan un empujón y un puñetazo en el hombro cada uno.

-Pues acaba de empezar -responde Luke, sonriendo de lado cuando se recupera de tanto ''apoteosis amigal''.

Todos le miramos con una ceja arqueada (menos Mike y yo que no sabemos y arqueamos las dos) y él se ríe y se pone las manos en la nuca, haciendo un gesto de ''Aaah, ya veréis''. Se da la vuelta y empieza a andar. Y nosotros le seguimos, claro. Hoy es él el cabecilla.

Obviamente tenemos que probar absolutamente todo lo que se pueda. Yo arraso sin despeinarme con mi muralazo en pizarra. Ejem, es mejor que el oso de peluche mutante con ojos gigantescos de Jill, el intento de gamba de Mike (aunque él mantiene que es una sirena) y, bueno, creo que está a la misma altura que los zombies de Mel. La verdad es que no sabía ni que dibujara tan bien ni que era aficionada a los zombies. Y se supone que es una de mis mejores amigas... Nota: tengo que hablar más con ella.

En el lanzamiento de mochila es Lars el que gana. Jill solo consigue que la suya alcance un metro, tras lo cual se pone a chillar y a empujar a Lars por tramposo. Yo me empiezo a reír sin darme cuenta de que no debería y me encuentro con un mochilazo en plena cara. Mike hace un poco menos que Lars y yo... Bueno, consigo unos buenos cuatro metros. Aunque he sacado un par de libros de la mochila antes de lanzarla sin que me viera nadie.

Mike y Lars la lían con las mesas y las sillas, que acaban volando por los aires porque ambos quieren colocarlas de una manera diferente. Están un par de minutos discutiendo hasta que Mel nos sorprende a todos cuando les suelta un guantazo a cada uno (a pesar de que ambos le sacan como mínimo dos cabezas) y les dice que ya vale. Justo después vuelve a su actitud de siempre y bajando la cabeza se estira un poco el vestido y murmura un ''lo siento'' mientras los cinco la miramos con los ojos como platos.

En el baloncesto-papelera... no hay nada que decir. Ejem, bueno sí, que demuestro lo penosa que soy cuando no consigo que la bola de papel entre ni una sola vez. Luke se ríe de mí y mientras los demás están compitiendo entre ellos me revuelve el pelo a lo bestia, haciendo daño porque sabe que lo odio. Cuando me consigo liberar le doy un empujón que, al pillarle de sorpresa hace que se balancee y retroceda un par de pasos. Sonríe y sé que la he cagado. Me coge de la cabeza (pero sin hacerme daño) y me la mete entera en una especie de... cosa que está entre palangana grande y piscina pequeña llena de agua QUE NO SÉ QUÉ HACE AHÍ, pero bueno. Pataleo y doy golpes en el borde de la palangana-grande-piscina-pequeña hasta que tira de mí y me deja libre. Cuando consigo abrir los ojos veo que los cinco me están mirando con cara de ''¿Pero QUÉ?''. Menos Luke, no, él se ríe como si le fuera la vida en ello. Yo sonrío y, cogiendo le recipiente con ambas manos, me giro de golpe y se lo vuelco a todos encima. Mel es la única rápida que consigue apartarse en el último momento, llevándose solo alguna salpicadura en el vestido. Jill empieza a chillar y seguramente me habría cogido y tirado desde la azotea si Lars no la hubiera sujetado de la cintura y la hubiera levantado en volandas.

-Venga, no seáis quejicas, si hace calor -me rio-. Además, así lucís cuerpín.

Jill vuelve a intentar asesinarme y Lars vuelve a salvarme la vida. Jill se acaricia el pelo, que es lo que más se le ha mojado, siendo tan baja, mientras que a los otros tres se les han empapado y pegado las camisetas al cuerpo.

Cuando Jill se ha calmado al ver que el calor del sol le empieza a secar el pelo, decidimos dar una vuelta para acabar de secarnos. Mel se coloca a mi lado y yo le echo el brazo a los hombros mientras caminamos, cosa que parece sorprenderla un poco.

De repente se me ocurre algo.

-Oye, ¿y todos los profesores? ¿Dónde están?
-Ah -dice Luke-, mira, allí.

Señala la otra punta del patio y todos miramos hacia allí. Bajo la sombra de varias sombrillas y sentados en sillas bastante más cómodas que las que hemos estado ocupando todo el curso están todos los profesores que siguen en la ciudad y aún no se han ido de vacaciones. Seguramente están tan hartos de nosotros como nosotros de ellos.

Cuando pasamos frente a la puerta principal estiro un poco el cuello para alcanzar a ver el reloj del vestíbulo y veo que así a lo tonto ya son las doce.

-Tengo hambre... -se queja Jill, con la mano sobre el estómago.
-Es que ya es la hora del almuerzo -respondo.
-¿Ya? -se sorprende Mike -. Joder, no me he dado ni cuenta.
-¿Las doce ya? -exclama Luke. De repente se pone nervioso, pero lo disimula al instante.
-¿Y qué comemos? -pregunta Lars- Los encargados de la cafetería ya se han ido. Está cerrada.
-Pues qué bien -resopla Mel.

Decidimos que no nos queda más remedio que hacer uso de las máquinas expendedoras. Está claro que no somos los únicos a los que se les ocurre la idea, ya que cuando llegamos apenas podemos llegar a ellas. Lo bueno de que tus mejores amigos sen de metro ochenta a metro noventa cada uno es que ayuda a apartar a la multitud cuando necesitas avanzar. Gracias a mis tres tanques, a los tres minutos estamos sentados en la hierba a la sombra de un árbol mientras todo el mogollón sigue intentando sacar comida de las máquinas. Cuando acabamos es cerca de la una, por lo que queda más o menos una hora para que se acabe oficialmente el curso. Los seis acabamos por dar una última vuelta y acabamos en las escaleras que llevan al gimnasio y a la pista de deportes.

Mientras bajamos veo que algo empieza a caer del cielo. Algo de colores Frunzo el ceño y coloco las manos en cuenca, como si fuera a beber agua. Y de repente me encuentro con las manos llenas de...

-¿Ositos de gominola? -dice Mel marcando mucho cada palabra.

Miro a Luke y veo que está sonríendo y me empiezo a reír.

-Pero, ¿son de verdad? -pregunta Lars cogiendo uno de mis manos y examinándolo de cerca. Se lo mete en la boca y por su cara supongo que confirma que son de verdad.

Me vuelvo a reír y me vuelvo hacia Luke.

-Estás fatal, en serio.

Él sonríe y se pone las manos en la nuca.

-La verdad es que esto se me ocurrió a última hora. Me diste tú la idea.
-¿Yo? -le miro sorprendida.
-Sí, era aquel sueño que me contaste que tuviste hace tiempo.
-Y tanto tiempo, como dos años.
-Sí. Pues hace unos días me acordé y...

Sacudimos la cabeza y empezamos a corretear recogiendo ositos con las manos. Me tropiezo varias veces con la pobre Mel, que está como perdida entre tanto colorín. También veo a Mike y a Luke con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta de par en par. Después de hacer la croqueta sobre el suelo cubierto de ositos de gominola, que parece que es un sueño que teníamos todos, decidimos volver al patio y vemos que es buena decisión. El suelo está lleno de confetti y ositos de gominola, algunos cruelmente aplastados por pisadas. La música retumba bastante más alta que antes y hay como mínimo el doble de gente. Tal vez los que ya habían decidido no pisar más el instituto este curso y los que ni siquiera lo habían hecho hayan venido al correrse la voz...

-Pues no acaba mal el curso, no -afirmo, sonriendo.
-Eh, ¿es que no os acordáis de que toca fiesta en mi casa? -suelta Mike.
-¡Oh! ¿En la mansión? -exclama Mel.

Mike asiente. Miro a los demás y sé que tengo la misma mirada cómplice y la misma sonrisa que todos los demás.

Apoyo las manos en la cintura y, mientras suena la campana que indica el final oficial de curso, sonrío de oreja a oreja.


-Tiene buena pinta este verano.


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Jejejé, en fin, digamos que esta es mi bienvenida al verano e.e Jajajaja.
Y en cuanto a la otra historia, publicaré capítulo mañana o luego (osease tarde-noche) si me da el yuyu y saldrá a la luz el nombre (CHAN CHAN CHAAANNNN) Okno. No es para tanto xDD 
En fin, that's all. Al menos por ahora. 
Gracias por leerme, como siempre. Que tiene mérito, la verdad.

martes, 14 de mayo de 2013

Anuncio(s) importante(s)

Veaaamos... Querido lectores (ejem, los pocos que se molesten en leerme oseasé tres o cuatro). Hay algunos avisos/noticias. El más importante:

Va a haber un parón temporal hasta verano. O al menos hasta la última o penúltima semana de clase. O dicho de otra forma, hasta que pase los exámenes y entregue los 564564785 trabajos que tengo que hacer. Y es básicamente porque hasta entonces no voy a tener ni ganas, ni fuerza, ni concentración ni motivación para escribir. En realidad no es tanto, y si este año es como todos los anteriores, la última semana será de party hard, pero nunca se sabe y menos con los profesores que me han tocado este año.

Las siguientes dos cosillas son un poco más alegres. Creo. La primera es que, ¡la historia a la que hasta ahora llamo ''1.'' ya tiene nombre! Se me ocurrió hace una semana o dos en clase, de hecho e.e Ya veréis cuál es cuando publique el siguiente capítulo.

Y la otra, es que allá por... Bueno, hace algunos meses yendo por la mañana por la calle de camino a clase se me ocurrió una mini historia/one-shot. La publicaré eso, por la última semana de clase (porque obviamente de eso trata) así, en plan apotesois vacacional. Ya que, para mí, desde siempre las últimas semanas de curso son las mejores porque son eso, party hard, party hard y party hard xDD

Y eso es todo. Aún sigo buscándome algún pseudónimo o algo. Pero de momento nada.

Adiós, amores <333

miércoles, 17 de abril de 2013

1. -Capítulo 3-


La mente me empieza a clarear. Me vienen a la cabeza los hechos de anoche. O tal vez haya pasado hace un rato, o hace un mes. No tengo ni idea.
Me duele la cabeza. Ése es mi segundo pensamiento lúcido, si es que se pudiera llamar lúcido al primero. Intento alzar las manos, pero no puedo. Me las han atado a la espalda.
Alzo la cabeza y miro a mi alrededor. Estoy en una habitación con las paredes de hormigón desnudo. No hay ventanas, ni muebles. A excepción de un par de sillas colocadas enfrente de la que ocupo yo. Y en la pared de enfrente una puerta de metal con una ventanilla rectangular en la parte superior. Tal vez yo llegara a mirar por ella si me pusiera de puntillas.

Oigo mi respiración increíblemente alta, aunque tal vez sea el contraste con el silencio total. O casi. Oigo unas voces débiles al otro lado de la puerta. Me echo todo lo que puedo hacia delante en la silla y agudizo el oído. Son voces masculinas, de eso no hay duda, pero no logro entender lo que dicen. Junto a las voces comienzo a oír pasos. Se están acercando.

Cuando llegan a la puerta de la celda (no tengo duda de que es una celda) ambos se paran. A través de la ventanilla distingo una cabeza morena y una rubia.

-¿... que es ella?- pregunta uno de ellos. El moreno, por el movimiento que distingo por la ventanita.
-Seguro -contesta el rubio-.
-Como te hayas confundido...
-Me indigna que pienses que soy tan inútil.
Y entran en la celda.

Apoyo rápidamente la espalda en el respaldo de la silla y finjo indiferencia. Observo a los dos hombres que acaban de entrar. Ninguno de ellos debe de tener más de veintitrés o veinticuatro años. El rubio sin duda es el que se quedó mirando a mi ventana desde la calle y el que me atacó, en cuanto le miro lo noto. El moreno es algo más bajo y está más delgado que el otro. O al menos no tiene su forma física.
El rubio tiene la vista fija en mí. Le devuelvo la vista, negándome a bajarla. Pone una sonrisa mitad arrogante mitad irónica y camina hacia el interior de la habitación. El moreno, que está mirando un ordenador portátil que lleva en las manos, empieza a andar hacia el centro de la habitación, igual que su compañero.

Estoy temblando ligeramente, debido al frío que hace aquí dentro. Intento ocultarlo, porque no quiero que piensen que tengo miedo. Aunque lo tengo.

El rubio alcanza la silla de la derecha, le da la vuelta rápidamente y se sienta de frente a mí, con las piernas a los lados de ésta y coloca los brazos sobre el respaldo. El moreno se sienta en la otra y se coloca el ordenador sobre las rodillas.
Una sonrisa está a punto de asomarse a mi cara cuando veo que el rubio aún tiene la marca de mi mordisco en la mano.

-Vale. Estoy completamente seguro de que eres quien sé que eres. Pero -hace un gesto con la cabeza al otro chico-, ''lo correcto'' -acompaña estas palabras haciendo comillas con los dedos- es asegurarse. Te lo empezaré preguntando por las buenas -apoya la cabeza en el respaldo de la silla, sobre sus brazos-. ¿Cómo te llamas?

Me quedo mirándole unos segundos. No puedo decirle la verdad. Me da la impresión de que si lo hago cometeré un fallo muy grave.

-Caroline -contesto en voz baja.

El moreno me mira, con la luz de la pantalla del ordenador reflejándose en sus ojos. El rubio alza una ceja.

-¿Caroline qué más?
-Evans.

El rubio se alza sobre la silla y mira al moreno.

-Búscala.

El moreno empieza a teclear y tras unos segundos, mira al rubio. Sacude la cabeza. El rubio sonríe de una forma que hace que se me ponga la piel de gallina.

-Muy bien. Segunda oportunidad. ¿Cómo te llamas?

Respiro un par de veces. Sin darme cuenta he bajado un poco la cabeza. Este tío me intimida más de lo que me gustaría.

-Claire. Claire Collins.

El rubio vuelve a mirar al moreno y éste repite el proceso anterior. Cuando sacude la cabeza, el rubio sonríe así de nuevo y se pone de pie. Sin verlo venir, me cruza la cara de una bofetada. Aunque, a parte de que está claro, noto que se ha contenido bastante.

Se sienta lateralmente en la silla, con ambas piernas a un lado de ésta y se gira hacia mí, para poder mirarme. Después del dolor y picor inicial, me empieza a arder la mejilla. Tengo la mirada clavada en mi regazo, no puedo alzar la cabeza. Empiezo a sentir una rabia sinsentido. Aunque no le vea la cara, sé que está esperando a que le diga un nombre. Oigo como se mueve un poco en la silla y me estremezco un poco.

-Marie Chase.

Alzo un poco la vista para volver a ver lo mismo de nuevo. Otra negación del moreno y el rubio se vuelve a levantar. Me obligo a mirarle a la cara. Tiene esa sonrisa de psicópata que haría que a cualquiera se le pusieran los pelos de punta. Me vuelve a pegar un guantazo en la otra mejilla, bastante más fuerte que el anterior y no puedo evitar soltar una exclamación de dolor.

Debo de tener la cara roja como un tomate. Y duele. Y arde. Ya no puedo disimular mi respiración agitada. El rubio se vuelve a sentar y se cruza de brazos. Le miro, ya no sonríe, y parece más normal.

-Podemos estar así el tiempo que te apetezca. Yo no tengo prisa.

Respiro profundamente. Pasa un rato y bastantes nombres. Clarissa Miller. Jessica Wheller. Monica Machter. Kate Phoenix. Sarah Way.

Toso. Me duele el pecho y el estómago. Me sangra el labio y no quiero imaginar el aspecto que debe tener mi cara. El rubio está en su posición inicial. Le miro y casi exclamo por la sorpresa. Le ha cambiado completamente la cara. Si alguien le mirara, podría decir que hasta es una buena persona. Le miro fijamente. Me paso la lengua por los labios y noto el sabor metálico de la sangre. Mantengo la mirada en sus ojos.

-Alice Halonn.

El rubio mira al otro chico, que vuelve a teclear. Ahora, en vez de negar, asiente. El rubio se relaja un poco en su silla. No había notado lo tenso que estaba. Sonríe, aunque no con la sonrisa psicópata. A saber cuántas caras y personalidades tendrá este tío para engañar a la gente.

-¿Ves? No ha sido tan difícil -se levanta y se acerca a mí. Me coge la barbilla casi con delicadeza y me levanta el rostro-. Podríamos habernos ahorrado bastantes problemas.

<<Sí, sobre todo tú>>, estoy a punto de decirle, pero me contengo.

Se vuelve hacia el moreno y le debe de hacer alguna señal, porque coloca el portátil sobre el suelo y se levanta. El rubio saca algo que tiene en el bolsillo. Un botecito pequeño de cristal, parece. El moreno saca una cajita que no había visto y la abre, de ella saca una jeringuilla. Trasladan el líquido transparente del botecillo a la jeringuilla. El moreno se la pasa al rubio y me sujeta la cabeza agarrándome de la barbilla de tal forma que se me quede el cuello estirado. El rubio me aparta el pelo del cuello y me clava la jeringuilla.

Noto el pinchazo y cómo el contenido de la jeringuilla se va vaciando en mi vena. Todo se empieza a nublar. Lo único que veo es una blancura total antes de quedarme inconsciente.

Antes de abrir los ojos suelto un suspiro. Estoy empezando a cansarme de que me dejen sin sentido así, sin preguntar, ni avisar ni nada. Abro los ojos para encontrarme con una vista ya familiar. Mi celda vista desde mi silla. Intento mover los brazos y me sorprendo al ver que puedo. No me han atado. Vaya, que considerados. ¿Habrán acabado ya de sacarme información a golpes? Me levanto y me llevo una sorpresa al ver que mis piernas aguantan mi peso. Sigo un poco dolorida por los golpes que me dio el rubio, pero en general no me encuentro mal. Me acerco a la puerta de metal, no sin darme cuenta de que no llevo mi abrigo ni la sudadera que llevaba al salir de la casa de Alex.

Me centro en lo importante: la puerta. Me acerco e intento abrirla. No lo consigo. No tenía muchas esperanzas en ello, no se habrían molestado tanto por mí para luego dejarme sola en una celda abierta. Me pongo de puntillas y me asomo por la ventanita. Sólo veo un pasillo blanco que sigue recto. Y más puertas en los laterales. ¿Más celdas? Miro a los laterales de mi puerta y veo que no hay nadie. Que raro. Esperaba que tal vez hubiera alguien montando guardia o algo.

-Puedes quedarte ahí todo lo que quieras, de momento no vas a salir.

Pego un bote al oír la voz. Es la del rubio pero, ¿donde está? Miro por la ventanilla y de repente veo el dorso de una mano frente a mí. Casi pego un grito. La mano desaparece y noto un pequeño golpe contra la puerta, como si alguien se apoyase en ella. Entonces comprendo, está sentado en el suelo. Al ver que ahí no puedo hacer nada, y reacia a quedarme tan cerca de un tío que se pasó un buen rato usándome de saco de boxeo, me vuelvo a mi silla. Las otras dos siguen aquí, así que coloco las tres de forma que pueda sentarme con las piernas extendidas.

Llevo un rato mirando la puerta y el rubio sigue ahí. No le he visto marcharse por la ventanilla. Oigo que empieza a hablar. ¿Hay alguien más ahí y yo no le he visto o este tío está tan loco como creo? Otra voz le responde, así que hay alguien más ahí. Otro chico, aunque no es el moreno. Bajo un poco la cabeza, para que el pelo me cubra un poco la cara, por si se le ocurre asomarse que crea que estoy dormida y agudizo el oído.

-Entonces es ella. Comprobado -dice el chico que acompaña al rubio.
-Comprobadísimo. Me costó lo mío sacarle el nombre, estaba empecinada en no decirlo, pero al final conseguí sacárselo -dice esto con un tono orgulloso y arrogante que me da ganas de pegarle una patada a la puerta.
-¿Y después...?
-Sí, después le pusimos la anestesia y la llevamos a la camilla. La abrimos y ya no había duda -oigo como se mueve y, por la expresión sorprendido de su compañero, creo que le ha enseñado algo.
-Entonces, ¿es...? Sí, está claro -un suspiro medio resoplido-. ¿Y, cuándo...?

Y no sigue. Sospecho que tal vez el rubio le ha cortado antes de que hablara demasiado. Como no siguen hablando, dejo de prestarles tanta atención. Pienso en todo lo que acabo de escuchar. No entiendo nada, ¿ha dicho... abrir? ¿Me han operado? ¿Y no me duele nada? Y menos aún entiendo para qué debían operarme. Y mucho menos tengo idea alguna de qué hago aquí, por qué me tienen presa y, lo más importante, qué va a pasar conmigo.

Vuelvo a oír la voz del otro tío, aunque mucho más baja. Con cuidado de no hacer ni un ruido, me acerco y me pongo justo detrás de la puerta. Pego la oreja a ella y presto atención.
-... teniendo mis dudas.
-¿Qué dudas te pueden quedar? -susurra el rubio, se nota que está exasperado-. Comprobamos el nombre. Le abrimos el cuello y sacamos el chip. ¿Y sigues diciendo que te quedan dudas?

Siguen hablando, pero no me entero de nada más. Lentamente, con miedo, me llevo la mano a la nuca, justo detrás de la oreja. Paso la yema de los dedos por un bulto que antes no estaba. Sí, sin duda es una operación. Por lo menos los puntos que mantienen cerrada la herida parecen fiables. Y, ha dicho... ¿chip? ¿Es posible que tuviera un chip alojado en el cerebro? ¿Y cuándo me lo habían colocado? ¿Y por qué yo no lo sabía? Tantas preguntas sin respuesta me ponen nerviosa. El rubio vuelve a hablar, igual de bajo que hace un momento.

-Ahora... Sólo tenemos que esperar a que llegue... -se detiene, tal vez imaginando que puede que yo esté escuchando- Y hacerla colaborar.

Oigo como el otro chico empieza a replicar pero no acaba, seguramente acallado por el rubio. ¿Hacerme colaborar? ¿Qué narices van a intentar que haga? Y, esperar a que llegue... ¿quién?
Frunciendo el ceño vuelvo a las sillas y me vuelvo a sentar tal y como estaba. Me cruzo de brazos y, milagrosamente, logro quedarme dormida.

Me despierto unos segundos después. O esa es mi impresión. Antes de que pueda mover ni un músculo, empiezo a oír sonidos extraños. Y más acostumbrada al silencio de este sitio. Se oye mucho movimiento, aunque lejano. Muchos pasos, como si muchas personas estuvieran corriendo por todas partes. Y... ¿disparos?

Intento levantarme y asomarme a la ventanita, pero en cuanto me pongo en pie el suelo se mueve de golpe y vuelvo a caer sobre la silla. Todo se mueve, las paredes, el suelo, la puerta... No logro aclarar qué es esto, ni por qué me pasa. No parece una alucinación, lo que siento es más parecido a la vez que Hayley, Alex y yo cogimos media botella de vodka que tenían los padres de él en su casa. El recuerdo me absorbe unos instantes. Me da la impresión de que fue hace un siglo, auqnue en realidad no ha debido de pasar ni un año.

Empiezo a oír ruido más cerca. Cada vez suena más fuerte. Pasos rápidos, algunas voces y, sin duda, disparos. La puerta de la celda se abre de golpe y me asusto. Por ella puedo ver a un grupo de personas, aunque todo se mueve tanto que no soy capaz de analizar la situación. Hay un par de figuras en pie en el pasillo y unas tres o cuatro en el suelo. Y una última figura justo delante de mi puerta, de espaldas. Suenan un par de disparos más y las dos personas del final del pasillo caen al suelo. La figura se da la vuelta y entra corriendo en mi celda.

A pesar de que todo sigue tambaleándose consigo distinguir un poco a la persona que tengo delante. Es un chico, me parece que no tiene más de dieciocho o diecinueve años. Lo veo todo borroso, incluido su rostro. Por como se mueve veo que está nervioso. Murmura sin parar, pero no logro distinguir lo que dice. Lo oigo todo como si estuviera escuchando la radio y las interferencias no dejaran oír nada. Mi vista va alternando entre clara y borrosa.
El chico parece un poco... sorprendido. O como si no supiera qué hacer. Me sujeta la barbilla con algo de torpeza, o eso me parece y me mira fijamente, como si me estuviera analizando. Frunce el ceño.

-No... -antes de que diga nada más vuelve la cabeza de golpe. Empieza a moverse con más urgencia.- Mierda-. Vuelve la cabeza de nuevo. Cada vez está más nervioso-. ¿Crees que puedes correr?

Intento asentir, pero no lo consigo. Es como si la orden no llegara a su destino.

-Mierda -repite-. Voy a tener que cargar contigo-. Se da la vuelta y me carga sobre su espalda-. Tendrás que agarrarte fuerte porque voy a necesitar las dos manos.

Y echa a correr. Intento no caerme y esto me despeja un poco la mente. Al menos la vista ya no se me emborrona y oigo más claramente. Aunque sólo distingo disparos y pasos por todas partes.
Giramos una esquina y, de repente, como si hubiera salido de la nada, veo una puerta de salida justo enfrente de nosotros. Apenas puedo creerlo. El chico la abre de una patada y nos encontramos en la calle. Noto el aire frío en la cara y los brazos.

Cuando nos hemos alejado un poco de ese lugar, el chico me deja en el suelo y se apoya en una pared. Me quedo mirándolo. Aún noto el cerebro bastante embotado. Lo suficiente como para no poder pensar con toda la claridad que me gustaría.
Ahora que le puedo ver bajo la luz del día, veo que tiene sangre en la ropa, aunque no parece suya. Al menos no toda. Veo que se sujeta el brazo izquierdo con su mano derecha. Ha debido de recibir un disparo.

Se vuelve hacia mí.

-Vaya, pensaba que ni siquiera ibas a poder mantenerte en pie.

Me encojo de hombros y sonrío un poco.

-Yo también- noto mi voz un poco pastosa.

Frunce un poco el ceño y fija la vista en el suelo. Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que yo lo rompo.

-¿Qué...? -él vuelve la cabeza hacia mí y me callo. Sacudo la cabeza.
-En seguida nos iremos de aquí, tenemos que esperar un poco. Yo te aconsejaría que no intentaras echar a correr, a no ser que quieras volver a esa celda.

Me habla con un tono de condescendencia que me hace fruncir el ceño. Se creerá que tengo seis años. Frunzo el ceño.

-Eso ya lo había pensado.

Me mira y después vuelve a desviar la mirada, como si ni siquiera se tomara la molestia de prestarme atención. No sé por qué, eso me enfada. Me cruzo de brazos y me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

-Espero que quién sea a quien estemos esperando no tarde mucho -comento y señalo su brazo-. Eso no tiene muy buena pinta.

Él sonríe y se encoge de hombros.

-He sobrevivido a cosas peores.

Yo enarco las cejas pero no me mira. Miro hacia el cielo y me doy cuenta de que tengo la mente más clara. Y también de que tengo frío. Solo llevo la camiseta de manga corta que tenía en la celda, aunque allí no notaba el aire frío de fuera. Tengo la piel de los brazos de gallina. Me niego a seguir mostrando debilidad ante desconocidos, así que permanezco en silencio y me rodeo el torso con los brazos lo más discretamente que puedo. Fallo. El chico se da cuenta, se quita la chaqueta y me la lanza sobre el regazo. Típico acto de chico que muestra caballerosidad ante una chica asustada y con frío. No me muevo, ni hago ademán de coger la chaqueta. No pienso ser la damisela en apuros.

-Póntela -me dice, casi como si me lo ordenara. Eso hace que tenga más ganas de rechazarla.

Permanezco quieta, de brazos cruzados y mirando al frente. Oigo que resopla y se vuelve a apoyar en la pared.

Miro alrededor. Me sorprende que hasta ahora no hubiera sido consciente de lo raro que se veía todo. No hay absolutamente nadie por las calles. Y no sólo eso, parece que estamos en una ciudad abandonada. La gran parte de las ventanas de los edificios cercanos están rotas. Cerca de nosotros veo un semáforo roto, doblado, como un pájaro bebiendo agua. Frunzo el ceño. ¿Cuánto tiempo llevo encerrada?
-Ha sido todo muy repentino -comenta de repente el chico.

Le miro, claramente confundida. Me ofrece la mano.

-Me llamo Joshua -le miro fijamente, sin moverme. Alza una ceja -. ¿Y tú?
-La última vez que me preguntaron mi nombre el resultado no fue muy agradable.
-Ya me imagino. Son unos bestias. Aunque supongo que ya lo habrás comprobado.

Compongo una mueca irónica que provoca que me duela prácticamente cada herida que tengo en la cara.

-No necesitas más que mirarme a la cara.
-Te curarán eso.
-Creo que es más urgente tu brazo -replico.

Se ríe un poco.

-Puede. Aunque seguramente nos curen a la vez.

Empieza a mirar hacia un lado y otro de la calle, nervioso. Veo que está sujetando la pistola tan fuerte que tiene los nudillos blancos.

-¿Pasa algo? -pregunto, en voz baja.
-Están tardando un poco más de lo que deberían -contesta, mordiéndose el labio.

Asiento.

-¿A quién esperamos exactamente? -pregunto.
-A las personas que distraían a los tíos que te tenían presa mientras yo te sacaba de allí.

Frunzo el ceño. No lo entiendo. ¿Por qué tanto este chico como las personas a las que estamos esperando se molestan por mí? Cierro los ojos y respiro un par de veces. Odio las preguntas sin respuesta.

-Alice -digo.

Me mira sorprendido.

-¿Qué?
-Que me llamo Alice.

Sonríe un poco, pero está bastante nervioso.

-Genial. Ahora, ponte la chaqueta, Alice. Por favor, me da frío sólo ver toda esa piel de gallina.

Hago una mueca burlona, pero me pongo la chaqueta. Me da un calor que agradezco profundamente. Cansada de estar sentada en el suelo, me levanto y me quedo como Joshua, con la espalda apoyada en la pared. Aunque él, presa de su nerviosismo, no se mantiene quieto, sino que gira el cuerpo junto a la cabeza al mirar hacia ambos lados de la calle.

Yo no entiendo a qué viene tanto nerviosismo. En caso de que mis captores hubieran querido volver a apresarme, ya lo habrían conseguido. Miro a Joshua y veo que, a pesar del frío, una fina capa de sudor le cubre la frente. De repente, se pone pálido. Tiene la vista fija en el final de la calle. Sorprendida, sigo su mirada y no puedo creer lo que veo.
Es una criatura extraña, como poco. Tiene una forma ligeramente humanoide, con los brazos y las piernas demasiado largos. Camina apoyando las cuatro extremidades en el suelo, lo que lo hace más extraño. La criatura parece no habernos visto, ya que está hurgando detrás de un montón de escombros al final de la calle. Miro sin ocultar mi terror a Joshua, que parece estar manteniendo una lucha mental entre correr o quedarse esperando, como por lo visto está programado.
Antes de que ninguno de los dos podamos decir o hacer nada, el ser levanta de golpe la cabeza y nos ve. Tengo la vaga sospecha de que detrás de esos escombros hay algún cuerpo, porque la cosa tiene la boca, la barbilla y las manos llenas de sangre. Tiene un rostro que recuerda, de alguna manera a una persona, aunque muchísimos más demarcado y con los ojos vidriosos. Parece una persona, pero no lo es.
Enseña los dientes y gruñe. Empieza a correr hacia nosotros. No me puedo mover, estoy paralizada. Joshua me agarra de la chaqueta y tira de mí para colocarme detrás de él. Levanta el arma y se oye un disparo. Aunque no ha sido él.
La criatura se desploma en el suelo y, de repente, un enorme furgón dobla la esquina. Pasa a toda velocidad por nuestro lado y se para unos metros más allá. Las puertas traseras y una delantera se abren de golpe y varias personas saltan al suelo. Un chico coge a Joshua del brazo y lo sube al furgón, mientras una mujer joven le examina como puede la herida del brazo. Un hombre con barba de unos cuarenta años se acerca a mí. No tengo ni idea de lo que está pasando, pero lo sigo al interior del furgón. Cuando hemos subido, un chico que no debe ser más mayor que yo cierra las puertas y el furgón se pone en marcha. Miro a mi alrededor, y veo caras preocupadas, concentradas, y... ¿triunfales?
Decido que mi cerebro no puede procesar tanto y, cerrando los ojos, apoyo la cabeza en la pared del furgón.

sábado, 6 de abril de 2013

1. -Capítulo 2-


Tiro el bolígrafo al suelo, frustrada. Me cruzo de brazos y miro con el ceño fruncido el cuaderno que tengo delante. Sigue abierto y en blanco, exactamente igual que hace media hora.

-¡Bah!

Aparto el cuaderno y me estiro en la cama. A pesar de que intento no pensar en ello la escena de anoche se me cuela en la cabeza; el tío de la calle tenía que ser una alucinación. Tenía que serlo. Pero no, se fue caminando, no desapareció sin más. Caminaba y hacía ruido al andar. Era real.
Se me pone la piel de gallina en la brazos. Alargo el brazo para alcanzar el reloj que hay en la mesilla. Las cinco menos diez. He quedado con Hayley y Alex en la casa de él a las cinco, así que me levanto, me pongo las zapatillas y salgo de mi habitación, no sin antes un escalofrío al volver a recordar momentáneamente lo de anoche.

Tengo ya la mano en el pomo de la puerta de la calle cuando mi madre me llama desde el salón. Cierro los ojos y respiro hondo. Casi. Me doy la vuelta lentamente, preparándome para alguna otra escena. Sale del salón, pero se queda apoyada en el quicio de la puerta.

-¿Dónde vas?
-He quedado con Hayley y Alex.

Su mirada me deja claro que no es suficiente.

-En su casa. En la de él- me sigue mirando así-. ¿Pero dónde crees que voy a ir si no?- pregunto, extendiendo los brazos.

Otra miradita y se mete otra vez en el salón. Pongo los ojos en blanco y salgo. Una pequeña parte de mí esperaba volver a ver a aquel tío, o alguna otra cosa extraña, pero no. Lo único que se ve por la calle es lo normal, algunos de mis vecinos, el viento moviendo las ramas ya casi desnudas de los árboles y poco más. Me meto las manos en los bolsillos y echo a andar calle abajo.

Alex me abre la puerta de su casa. Lleva una camiseta de manga larga que le regalé yo misma, vaqueros, y va descalzo excepto por unos calcetines a rayas azules.

-Hooola- me saluda.
-Buenas- sonrío-. Molan los calcetines.
Se ríe.
-Gracias. Los tengo como de cuarenta colores.

Entramos y cuando llegamos al salón Hayley está sentada en el sofá con las rodillas pegadas a su pecho y está estirando al cuello para intentar ver algo en la otra habitación, que es la cocina.

-¿Qué buscas?- le pregunto.

Ella pega un brinco y se da la vuelta, para vernos a Alex y a mí casi riéndonos. Se sonroja ligeramente y murmura un ''nada''.

-Bah, seguro que vuelve a pasar un par de veces más. Siempre lo hace- suelta Alex.
Yo no puedo evitar soltar una carcajada.

Sin duda Hayley andaba buscando al hermano de Alex. Tiene alrededor de unos veintidós años y el rasgo más notable en común con su hermano es el pelo castaño. Tiene los ojos azules, pero no de un tono pálido, como los de Alex, sino más intenso. Debe medir un metro noventa y además es ancho de espaldas, lo que le hace parecer aún más grande.

Sale de la cocina y atraviesa el salón para llegar al pasillo en el que están los dormitorios. Hayley tiene la cabeza baja y simula estar mirándose las manos, pero por el rabillo de ojo veo que no le quita la vista de encima.

-Debería empezar a cobrar entrada -comenta Alex-.

Se me dibuja una sonrisa en la cara aunque intente evitarlo. Hayley se coloca el pelo sobre el hombro, pareciendo lo más digna posible. Un ligero tono rosa aún le cubre las mejillas.

-¿Y tú de qué te ríes? -me pregunta, con el tono indignado que pone a veces-. Si a ti te gusta tanto como a mí - Sigo sonriendo y sacudo la cabeza. Noto como se me calienta la cara.
-Vaya dos... Y luego decís de mí.
-Si nosotras nunca decimos nada de ti -respondo.
-Bueno, un poco sí. Pero nunca nada malo -apostilla Hayley.
-Tranquilas, que lo sé -señala la mesa-. Mientras vosotras os entreteníais con mi hermano he traído cositas de comer.
-Guau... Estás en todo -comento, dándole un toquecito en la cara con el dedo índice, como hago a veces con Andrew.
-Pues claro. Sin mí no duraríais ni dos días.

Nos reímos y después empezamos a picotear de la comida que hay sobre la mesa.

-Está un poco raro -dice en voz baja Alex, mientras abre una bolsa de patatas fritas.
-¿Quién, tu hermano? -pregunta Hayley, con la mano metida en una bolsa de Cheetos.
-Hmm -asiente él, con un par de patatas en la boca.
-¿Y eso? -le doy un trago a un vaso de batido de fresa-. ¿Ha pasado algo?
-No, pero lleva como algunas semanas, a lo mejor tres, que no sale de su habitación, y cuando lo hace apenas habla. Y si le pregunto me responde con respuestas cortas o evasivas.

Frunzo el ceño y miro a Hayley, que tiene la misma cara de sorpresa y extrañeza.
Alex sigue hablando.

-Ayer, sobre las diez de la noche, estaba en mi cuarto y le oí salir de su habitación, así que yo también salí, para intentar hablar con él. Pero, en vez de ir a la cocina o al baño, como esperaba que hiciera, se puso la chaqueta y salió de casa -Hayley y yo nos volvemos a mirar-. Me extrañó un montón, pero tenía que aprovechar. Esperé un par de minutos y entré en su habitación.

Se queda callado un momento y Hayley y yo le hacemos un gesto para que continúe.

-Así a primera vista no había nada raro. Desorden, pero nada más. Aún así entré, y más de cerca había algo que no me cuadraba, aunque no sabía qué era. Me acerqué a su escritorio y vi que estaba todo cubierto de hojas. Cogí algunas para ver qué podían ser, pero en muchas había gráficos y cálculos que no entendía ni un poco. Como me preocupaba que volviera rápido sólo me dio tiempo a ver que en su cama había como... unas cuatro o cinco carpetas llenas de papeles y un par de libretas llenas de apuntes rarísimos. Pero no los pude leer, porque en ese momento oí que la puerta de la calle se volvía a abrir, así que tuve que volver corriendo a mi habitación.

Hayley y yo nos quedamos unos minutos en silencio, procesando todo lo que Alex nos acaba de contar. La comida y bebida ha quedado olvidada sobre la mesa.

-Pero... -empieza Hayley-. ¿No podría ser... algo de... la universidad?
-Eso pensé yo -asiente Alex-, pero si lo hubieras visto seguro que pensarías como yo que no es de la universidad -vuelve la vista hacia mí-. Alice, ¿tú qué piensas?
-Pues... La verdad es que estoy bastante confusa. No tiene sentido que fuera algo de la universidad, porque no explicaría que estuviera tan raro.
-Bueno, hay algunos trabajos... -me interrumpe Hayley.
-Sí, lo sé, pero... No sé, hay algo que me escama.

Alex asiente, conforme con mis palabras.

-Eso mismo me pasa a mí. Por eso quería contároslo, para ver qué pensáis vosotras.
-Pues... -decimos ambas a la vez.

Me mordisqueo el interior del labio, pensativa.

-Puede que sean cosas nuestras, y que estemos desmadrando un poco la imaginación -divago-. Pero... -Alex niega con la cabeza, sabiendo lo que voy a decir-. No sé, parece algo más grave.

No estoy completamente segura de mis palabras, pero Alex asiente.

-Claro, conocéis a mi hermano, no es para nada de los de encerrarse en su habitación. Y aunque tuviera mucho que estudiar, solo le dedicaría algo de tiempo, no tanto.

Me mordisqueo el interior del labio y me quedo mirándome las manos. Los tres nos quedamos un rato en silencio. Alargo el brazo y cojo el vaso de batido. Bebo un trago mientras ellos dos vuelven a coger la comida, aunque seguramente solo por hacer algo.

Sacamos algún tema de conversación banal, para olvidarnos de todo este asunto. El exterior ya está oscuro y las farolas encendidas. Miro el reloj que hay colgado en una pared.

-Voy a tener que ir yéndome ya...
-Sí, yo también -dice Hayley.

Nos levantamos seguidas de Alex. Nos acompaña hasta la puerta y, cuando ya estamos en el umbral nos da un abrazo a cada una.

-Bueno, hasta... ¿mañana? -pregunta.
-Hecho.

Asiente y cierra la puerta. Hayley se coloca la bufanda y yo me abrocho el abrigo. Caminamos un trecho juntas, en silencio. Cuando llegamos al punto en el que tenemos que separarnos para ir cada una a su casa, Hayley dice lo que ambas estamos pensando.

-Que raro todo, ¿no?

Asiento, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

-Quiero decir, raro de verdad. Igual estoy exagerando, pero... -sacude la cabeza, como queriendo alejar algún pensamiento de su mente-. Bueno, nos vemos mañana, ¿vale?
Saco la mano del bolsillo lo suficiente para alzar el pulgar y vuelvo a meterla antes de que se quede demasiado fría. Nos separamos y echamos a andar cada una por un lado. Camino rápido, mirando al suelo. Me parece oír algo a mis espaldas. Vuelvo la cabeza. Nada.

Aprieto las manos en puños y sigo caminando. Vuelvo a oír algo, esta vez sin ninguna duda. Me quedan aún algunas manzanas para llegar a mi casa. Sin darme la vuelta, empiezo a correr. Me empiezan a doler los pies helados, pero sigo corriendo. Sigue habiendo ruido detrás de mí, y movimiento. Me sigue.
Dos manzanas. Algo se me echa encima, o más bien alguien. Es bastante más alto que yo, y más fuerte. Me tira al suelo y cae sobre mí. No nos llega la luz de ninguna farola; ha escogido el momento justo. Me revuelvo todo lo que puedo, pero su peso me aplasta. Me agarra del abrigo y me pone boca arriba. Intento mirar alrededor, pero no hay nadie en la calle, y no creo que se nos pueda ver desde ninguna casa. Al no llegarnos la luz de ninguna farola no puedo verle la cara, pero me parece ver cabello rubio bajo la capucha negra.

Me sujeta la cara por la barbilla. Me acerca la otra mano a la cara y, aprovechando, le muerdo. Suelta un grito ahogado y afloja un poco su agarre. Me revuelvo bajo él para colocarme y le pego un rodillazo en el estómago. Retrocede un poco y, sin poder explicarme cómo, consigo escurrirme bajo él. Echo a correr hacia mi casa. Está tan cerca. Unos cuantos metros y ya estaré a salvo, bajo mi techo.

Já. Vuelve a echárseme encima. Me rodea con los brazos por la espalda y tira de mía hacia la zona que no alumbra la farola. Abro la boca, pero antes de que pueda hacer ningún ruido me la cubre con la mano. Me revuelvo, intento pegarle alguna patada, algún cabezazo, pero lo esquiva todo. Antes de que pueda hacer nada más, me desliza una especie de capucha en la cabeza, que me la cubre entera. Un olor fuerte, como químico, se me cuela hasta el cerebro y pierdo el sentido.



1. -Capítulo 1-

Well, pues empiezo con la historia 1., pues... Simplemente por el orden, no por nada más. Yo suelo hacer los capítulos largos, aviso. Aquí os lo dejo ^^



<<Corre, corre>>, pienso mientras veo las gotas de lluvia deslizarse por el cristal de la ventana. La gota grande va en cabeza, bajando como una bala, pero, a unos centímetros de la meta se para y la gota pequeña, la mía, la que parecía que ni siquiera iba a llegar abajo, empieza a avanzar a toda velocidad y llega abajo la primera.
Sonrío. <<Así se hace>>. Me estoy preguntando por qué me gusta tanto contemplar las gotas de lluvia en la ventana cuando veo una mano. Una mano que se apoya en el cristal desde fuera. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y estoy a punto de gritar, pero me contengo en el último momento, ya que lo que menos me conviene es llamar la atención de todo el autobús. No soy idolatrada por mis compañeros de clase, pero tampoco se meten conmigo ni me hacen la vida imposible y prefiero que siga siendo así.
El autobús para con un frenazo que casi hace que me dé un golpe en la frente con el asiento de delante. El barullo normal del autobús se intensifica cuando mis compañeros se levantan para bajar del autobús. La chica que se había sentado a mi lado se levanta y, sin casi mirarme, se dirige a la parte delantera del autobús para salir.
Apoyando ambas manos en el respaldo del asiento de delante, me levanto con la imagen de la mano que acabo de ver en el cristal grabada en la cabeza. Alguien me pellizca ligeramente en la espalda.
-Hoooola. Señorita Alice Halonn, haga el favor de volver a la realidad. ¿Estás aquí o tengo que ir a buscar un cubo de agua?
-No te pienso dar esa oportunidad, Tate -le digo, sonriendo.

Hayley Tate es muy diferente a mí. Al principio me había sorpendido de que una chica como Hayley quisiera siquiera hablar conmigo. Pero habíamos hablado, y había resultado que teníamos un montón de cosas en común y que nos entendíamos bastante bien. A pesar de que Hayley es esa clase de personas que caen bien a todo el mundo. Todos piensan que es genial, simpática, divertida...
En cambio, la gente solo podría decir de mí que soy maja por decir algo o, simplemente no tienen ni idea de quién soy.
-No bajes la guardia- bromea Hayley. Después acerca la boca a mi oreja y susurra-. Nunca.

La palabra habría tenido más efecto si no fuera porque se ríe al decirla. Ambas bajamos del autobús. Mientas empezamos a andar hacia el instituto, miro hacia la ventana junto a la que había estado sentada, pero no veo ni rastro de la mano. Nada. Me muerdo el labio y aprieto el paso para alcanzar a Hayley. Estamos a principios de noviembre, así que ya hace bastante frío. Me coloco el gorro de lana que llevo puesto y me froto las manos para intentar hacerlas entrar en calor.
Toda la gente que entra en el edificio empieza a apelotonarse y a empujarnos a Hayley y a mí. Un empujón particularmente fuerte me lanza hacia la pared y me raspo la cara con la superficie del muro. Me llevo una mano a la mejilla y lanzo una mirada resentida al chico que me ha empujado, pero él ni me mira. Más adelante distingo la melena de un rubio casi blanco de Hayley, y confirmo que es ella cuando veo una de sus mechas fucsias. Me abro paso hacia ella como puedo y, cuando consigo llegar junto a mi amiga estoy sin aliento. La gente ya se ha dispersado por los demás pasillos y las clases, por lo que ya se puede respirar tranquila.
Hayley me mira sorprendida.
-¿Qué te ha pasado?- me pregunta, señalando el raspón de mi mejilla.
-Un armario me ha estampado contra la pared- señalo con la barbilla al chico, que está en el mismo pasillo, a unos diez metros, hablando con un grupo de gente.

Hayley abre la boca y asiente, comprendiendo.
-Ooooh, ya veo. Me pregunto qué narices comerán para estar así. Ninguna persona puede conseguir eso con métodos naturales.
-Prefiero ni meterme en esos temas...

Hayley asiente de nuevo y se vuelve hacia su taquilla, que está justo a su lado. Yo me dispongo a abrir la mía, contigua a la de Hayley. Siempre me suele costar al menos un par de minutos conseguir abrirla. Cuando estoy a punto de conseguirlo, alguien me pega en la cabeza con un cuaderno y mi intento de apertura de la taquilla se va al traste. Lanzo una exclamación mitad sorprendida mitad frustrada y me doy la vuelta.
Allí está Alex, la otra persona del instituto con la que me llevo lo suficientemente bien como para llamarlo amigo.
Sonríe de oreja a o oreja y hoy no lleva las lentillas moradas que se pone a veces, por lo que se ven sus ojos verde pálido. Siempre me pregunto cómo puede ponerse lentillas teniendo esos ojos. Los míos son castaño oscuro, y no me quejo de ellos.

-Buenos días, pequeñas – me encanta y me hace gracia a la vez que nos llame así, ya que él es el pequeño y unos cuantos centímetros más bajo que Hayley y prácticamente de la misma altura que yo.
-Igualmente, pero, ¿sabes que estaba a punto de abrir mi taquilla? - le miro entrecerrando los ojos, intentando parecer enfadada.
Él suspira divertido, me pone una mano en el hombro y me aparta con cuidado de la puerta de la taquilla.

-Dejen paso al profesional -dice extendiendo las manos como si estuviera apartando a una multitud.

Hayley pone los ojos en blanco y se ríe. Miro fijamanete a Alex maniobrando con la ruedecita de la puerta de mi taquilla. En menos de tres segundos la puerta está abierta.
Abro la boca de par en par.

-¡Te odio cada vez que haces eso! -exclamo, indignada.
-Que mentirosa, sé que me adoras.

Antes de que pueda responder, el sonido del timbre que anuncia el comienzo de las clases me interrumpe.

-¡No, otra vez tarde no!
-Hayley, tengo que sacar los libros -medio grito, ya atenazada por el estrés-, espera un...
-¡Que no!

Hayley me aparta bastante menos delicadamente de lo que Alex lo ha hecho hace unos momentos y saca los libros que necesito hoy. Me los pone en las manos, me agarra del brazo, esta vez más suavemente y me empieza a llevar a la clase que nos toca. Hayley aborrece llegar tarde.

-¡Os veo luego! -nos grita Alex. Él tiene otra clase.

Sólo puedo hacerle un gesto de conformidad con el pulgar mientras Hayley me arrastra hacia nuestro aula.


Como siempre, las clases se me hacen eternas, y sólo soy consiente de la mitad de las cosas que explican los profesores. De lo único que soy totalmente consciente es del sonido de la campana que indica el final de las calses. Aún sentada en mi pupitre doy las gracias por ser viernes.
Recojo mis cosas y me dirijo con Hayley a la puerta del aula. Alex nos está esperando ahí.
-¿Qué tal? -nos pregunta.
-Un petardo, como siempre -responde Hayley.
-¿Acaso cambia algún día? -farfullo mientras me tapo la boca al bostezar.

Caminamos un rato hablando de nada en particular. Nos quejamos de la familia, de los exámenes...

-¿Podéis quedar esta tarde? -pregunta Hayley.

Alex asiente.
-Por supuesto, yo siempre.

Ambos me miran.
-Yo no puedo hoy, van a venir mis tíos con mis primos. Reunión familiar a traición.
-Eso no vale -se indigna Alex-, eso hay que avisarlo, para que se te ocurra alguna excusa para escaquearte.

Suelto una carcajada.
-Cuanta razón. Ojalá me hubieran avisado antes...
-Bueno, entonces nos vemos mañana, ¿vale?
-Por supuesto, Tate -respondo.

Me separo de ellos para girar hacia mi calle. Cuando abro la puerta noto algo raro. La casa está oscura, a pesar de que son las tres de la tarde y hay bastante luz. Frunzo el ceño y me dirijo a pasos lentos hacia el salón. Está vacío, y los muebles están rotos y algunos tirados por el suelo, hechos añicos. Siento que me falta el aire. Como si me estuvieran apretando el pecho con un tubo de plástico. Entreabro la boca intentando respirar y, de repente, todo vuelve a ser como era. Los muebles están enteros y en su sitio, la luz entra a raudales por el ventanal que ocupa casi una pared del salón. Y mi madre me mira desde el otro lado de la habitación, entre sorprendida, preocupada y asustada.

-¿E... estás bien? -me pregunta, después de unos minutos de silencio.
-Sí.
-Estás pálida.
-Ya. Estoy... cansada. Voy arriba.
-No te duermas, a las cinco llegan tus tíos y tus primos.
-Vale -respondo, ya en la escalera.

En cuanto entro en mi habitación tiro la mochila al suelo, me tumbo sobre la cama y entierro la cara en la almohada. Pienso en la mano que he creído ver en el autobús, y ahora esto. ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué a veces veo cosas así de extrañas y al instante siguiente desaparecen? Sé que mis padres piensan que estoy loca, que tengo algún problema en el cerebro, porque cuando era pequeña y me pasaba algo así corría a contárselo asustada. Al principio pensaron que simplemente era mi imaginación y no le dieron importancia, pero al pasar unos años y ver que me seguía pasando decidieron llevarme al médico. Consultaron a psicólogos, psiquiatras... Nadie logró encontrar problema alguno en mi cerebro.
A partir de que cumpliera los once años dejó de pasarme, y todos se aliviaron, yo incluida.
Conseguí dejar aquello en un rincón de mi mente, apartado, para que no me molestara. Aunque no lo olvidé, porque a mí no me gustaba olvidar nada. Todo fue bien hasta una noche, un par de años después, cuando ya había cumplido trece. Estaba ya preparada para dormir, metida en la cama, con la luz apagada. La única que entraba era la de la luna, por la ventana, por lo que la habitación estaba en una oscura penumbra.
Estaba a punto de dormirme cuando, una extraña senación me hizo abrir los ojos. La sensación de que alguien me miraba. Distinguí una figura en medio del cuarto. Tenía forma humana, o eso me pareció.
Respirando entrecortadamente y ya sospechando lo que estaba pasando, alargué el brazo hacia el interruptor y encendí la luz. Nada.
Respiré profundamente. Más que miedo sentía una extraña frustración. Con la mano ya sobre el interruptor, a punto de volver a apagar la luz, sentí una especie de cosquilleo en la oreja, como cuando alguien te habla al oído. Pero no oí nada. Casi dejé escapar un bufido, apagué la luz y volví a dormirme. Desde entonces me había seguido pasando. A veces me sucedía con bastante frecuencia, a veces pensaba que se había vuelto a ir hasta que me volvía a pasar.

Habían pasado ya dos años desde aquello. Me doy la vuelta quedándome boca arriba sobre la cama. Me quedo un rato observando el techo, sin saber decir cuánto tiempo, intentando que no me arrastren los recuerdos de todas las veces que he vivido esas malditas alucinacones o lo que demonios sean.

Alguien llama suavemente a la puerta. Me incorporo y me paso las palmas de las manos por la cara para limpiarme un par de lágrimas que me caen por las mejillas antes de permitir la entrada a la persona que está fuera. Reconozco esa forma tímida de llamar.
La puerta se abre y entra en la habitación mi primo Andrew, un niño menudo que se queda en el umbral de la puerta mirándome, como pidiéndome permiso.
Le sonrío.
-Hola, A -le saludo-. Sabes que eres de las pocas personas que pueden entrar aquí siempre que quiera.

Él mira al suelo y asiente.

-Lo sé, pero...

Me río. Doy un salto en la cama y me coloco de tal manera que mis pies apoyan en el suelo.

-Venga, no te quedes ahí -le digo, dando unas palmaditas en la cama-. Cierra, por favor.

Cierra la puerta se acerca a mí. Lleva un libro en la mano. Sonrío al reconocerlo.

-¿Ya lo has acabado?

Una sonrisa le ilumina la cara. Me parece que también muestra un poco de orgullo. No puedo evitar soltar una carcajada.

-Supongo que no me hace falta preguntar si te ha gustado, ¿no?

Él abre mucho los ojos.

-¿Estás de broma? Es de los mejores libros que he leído.
-No sabes como me alegra oír eso. En serio.

Él sonríe y el rubor acude a su cara salpicada de pecas.

-Sabes que a prácticamente nadie le dejaría mis libros, ¿no?
-Sí, lo sé. Son tesoros, y los tesoros no se dejan a cualquiera.

Soy todo orgullo cuando mi primo acaba la frase.

-Jo... -Me levanto y abrazo al niño. Le estrecho los hombros entre mis brazos. Mi primo es algo pequeño para tener doce años. Él parece dudar al principio, probablemente por la sorpresa, pero después me corresponde rodeándome la cintura con los brazos-. Te adoro, ¿lo sabes?

Él se iergue entre mis brazos y dice, con todo el orgullo y dignidad que puede:

-Claro que lo sé.

Estamos buena parte de la tarde sentados en el suelo de la habitación hablando de libros, cine, series de televisión... Tenemos gustos similares en cuanto a casi todo, admito que mayormente gracias a que yo le he llevado por mi camino, así que los temas de conversación no son pocos.

Llevamos unos minutos en silencio. Andrew está hojeando los dibujos de una carpeta que le he pasado.
-Te ha vuelto a pasar, ¿verdad?- susurra. Tiene la vista baja, mirando el dibujo que tiene en la mano, aunque toda su atención está centrada en mí-. Lo de... Lo he notado nada más mirarte a la cara.

Me tenso, manteniendo la vista en mis piernas cruzadas. Me mordisqueo el interior del labio y trago saliva.
Alzo un poco la mirada. Lo suficiente para ver que mi primo me mira fijamente, muy serio.
Tras unos instantes que a mí se me antojan horas, nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. Él sacude la cabeza.

-Perdona, no tenía que haber preguntado.

Ahora la que niega con la cabeza soy yo.

-No pasa nada. En realidad, no me extraña que te hayas dado cuenta. Si mi cara normalmente ya da yuyu después de algo de esto se me debe de quedar como para llamar a los de The Walking Dead.

Andrew me mira como si me fuera a regañar, aunque sonríe un poco.

-Eso no es verdad, tu cara no da yuyu, y lo sabes.
-En realidad da un yuyu moderado.

Con eso logro que se ría y espero haber desvíado su atención lo suficiente.

-Vale, lo que tú digas -hace un gesto con las manos, como si me pidiera calma.

Estamos un rato bien. Mirando mis carpetas de dibujos cuando él vuelve al ataque. Parece que mi intento por desviar su atención no me ha salido bien.

-¿Cómo ha sido? Quiero decir, ¿ha sido de los... duros?

Suspiro.

-Sí. Pero preferiría no hablar de ello, por favor- le miro, y debe de notar que realmente no quiero hablar de ello, porque asiente y al instante hace como que se le ha olvidado el asunto.

Le doy las gracias en silencio.

Alguien llama a la puerta. Abre antes de que pueda decir ''adelante''. Es mi madre.

-Alice, tus tíos se van a ir dentro de poco, baja y salúdales al menos.
-Voy- respondo.

Levanto la vista y veo que sigue ahí, esperando a que me levante para ver con sus propios ojos que bajo de verdad. O tal vez para contralar si me vuelve a dar uno de mis ''ataques'', como los llama ella.

Andrew y yo nos levantamos y bajamos al piso de abajo. En el salón están mis tíos y mi prima, que a pesar de que es más cercana a mí en cuanto a edad, tenemos lo mismo en común que un huevo y una castaña. Está sentada en un sillón, tecleando frenéticamente en su móvil. No puedo evitar poner los ojos en blanco.
Me doy cuenta de que mis tíos me miran de forma extraña. Mi madre ya les ha contado lo que me ha pasado, por supuesto. Mi prima levanta la cabeza y me lanza la misma mirada que sus padres. Añadiendo esa aparente repulsión con la que me mira a veces la gente de mi edad.

Suspiro y pongo la sonrisa más convincente que puedo.

-Hola, tía Carol- me acerco y le doy un beso-. Hola, tío Ed- hago lo propio con él.

Ella no me responde. Él me pone una mano en el brazo y me da un apretón amistoso. De esta familia, sin duda él es mi segundo favorito.

-¿Qué tal, Alice?

Me encojo de hombros.

-Bien, no me quejo.

Me sonríe y le devuelvo la sonrisa. Esta vez de verdad. Mi tía se levanta de golpe de su asiento.

-Tenemos que irnos ya.

Yo no intento disimular mi mala cara. Esta mujer nunca me ha gustado.

Mi prima se levanta del sillón sin quitarle el ojo a la pantalla del móvil. Me lanza una última mirada y sale por la puerta, justo detrás de su madre.
Ed y Andrew se quedan un momento más. <<Por lo menos se despiden>>, me digo. Andrew me rodea la cintura con los brazos y yo le doy un besito en la sien.

-Adiós, A- me dice.
-Nos vemos, A.

Ed me da un abrazo rápido.

-Hasta la vista, Alice.

Sonrío.

-Adiós.

Cuando la puerta se cierra tras ellos, mi madre se cruza de brazos y se me queda mirando.

-¿Qué?- espeto, cuando me canso de que me mire.
-¿Me vas a decir qué demonios te ha pasado antes?

Pongo los ojos en blanco, resoplo y me doy la vuelta, dispuesta a subir a mi habitación. Ella me coge por el brazo.

-No, Alice. Te vas a sentar en el sofá y me vas a decir qué ha sido eso. Te ha vuelto a pasar otra vez, ¿verdad?

Resoplo otra vez.

-¿Y qué si me ha pasado otra vez?

Ella se sienta en el brazo del sofá, como si no pudiera mantenerse de pie. Los ojos se le llenan de lágrimas.

-Tendría sentido que fuera yo la que llorara, no tú.
-¿Qué? ¿De verdad acabas de decir eso? Para mí no es fácil verte así, ¿sabes?
-¿Así cómo?- alzo la voz sin darme cuenta-. ¡No me pasa nada!
-¡Ver cosas donde no las hay no es exactamente ''nada''!

Me quedo un momento perpleja. Nunca lo había dicho tan claramente. Me paso las manos por los ojos y recorro la línea de mis cejas con las yemas de los dedos. Respiro profundamente, intentando relajarme. Tarde, ya he empezado a llorar. Detesto llorar con gente delante.
Ella baja un poco el tono y se acerca a mí. Retrocedo un paso, poniendo un pie casi en la escalera. Suspira.

-Deberíamos ir a que te viera algún médico.
-Ya me habéis llevado a tropecientos médicos- le espeto, cansada de este tema.
-¡Pues te llevaremos a tropecientos más si hace falta!
-¡No es nada! ¡Mi imaginación, ya está!

Ella me mira muy seria.

-Esa mentira no te la crees ni tú.

La miro. Ya no lloro, lo único que siento son unas tremendas ganas de romper algo a patadas. Se me crispan los dedos. Justo en este momento, la puerta principal se abre y entra mi padre. Alzo los ojos al techo, agradecida. Corro, le abrazo y aprovechando, subo las escaleras y me meto en mi habitación.
Me acerco a la ventana y miro a través de ella, intentando dejar de pensar en lo que acaba de pasar. Veo que hay alguien plantado en medio de la acera, justo delante de mi casa. Mirando hacia arriba. Hacia mí. Clavo las uñas en el alféizar de la ventana. No puede ser. No puede ser. Espero a que la maldita alucinación acabe, pero no lo hace. El tío rubio con el abrigo negro no se mueve de ahí. No puedo verle la cara. Justo antes de que me empiece a dar el pánico, se da un cuarto de vuelta y se pone a andar hacia el final de la calle. Le sigo con la mirada hasta que ya no le veo.
Suelto el aire que había estado conteniendo y me alejo de la ventana. Me pongo rápidamente el pijama y me meto en la cama.
Está claro que eso no era una alucinación, lo que lo hace bastante más extraño. Y también asusta más.